Mi llegada a Chile

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25 de julio del 2014. Viña del Mar, Chile.

El día tan esperado había llegado y no tenía claro qué sentía en ese momento. Después de tanto esperar, luchar con la burocracia y pasar muchas horas leyendo otros blogs o viendo vídeos en youtube sobre la vida en Chile. Todo ello ya no importaba, aquel 22 de julio del 2014 estaba con las maletas en la puerta de mi casa. Sabía que me iría, además con un billete de regreso porque el motivo por el que viajaba eran mis estudios universitarios, pero aquello parecía la historia de otra persona y no la mía propia.

Creo recordar que me desperté a las siete de la mañana, lo cual fue duro porque dos días antes estaba en acampando en un festival con mis amigos en el norte de Galicia: Ortigueira. Y sí, hice mi maleta en el último momento, el día anterior, casi sin dormir y dándomelas de entendida porque no miré en internet qué llevaba otra gente y tampoco le hice caso a los consejos de mi madre. Os podéis imaginar qué clase de maleta hice, una birria. No llevé casi pantalones, metí vestidos que en la vida he puesto o sólo llevaba un abrigo. No sé en qué estaba pensando. La conclusión a la que podía llegar, me gustase o no, era que mi casa eran: dos maletas, una grande y otra de mano. Porque sí, fui tan estúpida de llevar una moleta pequeña y no mi mochila del Camino de Santiago, cuando recorrí Latinoamérica lo hice con una mochila de 10 lucas (12 euros más o menos). Mi espalda quedó hecha polvo. Me hace gracia que algunas personas me tomasen por una experta o una heroína, me da vergüenza la mochila que llevé y lo que metí en mi maleta cuando viajé a Chile. Nadie nace aprendido.

Desayuné por última vez con mis padres, a quienes no vería hasta julio del 2015. Mi madre ya está acostumbrada a que sus dos hijos vivan fuera de casa, ambos estudiamos en Madrid, pero solo a su hija pequeña se le había ocurrido hacer un Erasmus en Chile y no en Reino Unido como había hecho su hermano. Yo soy así, quería irme a un país del que casi no conociese nada y lo más lejano posible. Los únicos datos que tenía de Chile en ese momento eran: Allende, Pinochet, Los Andes, la capital que es Santiago de Chile, los mapuches y punto. Fui en la más absoluta ignorancia, incluso busqué en youtube un vídeo para saber cómo era el acento chileno porque creía que era similar al argentino.

Me llevaron al aeropuerto de Santiago de Compostela, irónicamente 30 horas después estaría en Santiago de Chile. ¿Por qué un viaje tan largo? El precio. Tuve que adaptarme a unas fechas y no pagué mi vuelo hasta que no estuve segura de que estaba aceptada en la universidad. Llegó el momento incómodo, las despedidas. Mi padre intentaba mantener la compostura y decir tonterías, mi madre sin embargo tenía un gesto serio y contenido. Yo intentaba disimular y el fondo no sabía qué sentía, una mezcla entre preocupación y alegría extrema. Nos abrazamos los tres y mi madre me dijo algo que me ha calado bien dentro: ´´Laura tienes 20 años recién cumplidos, aprovéchalos. Se te ha presentado la oportunidad de viajar, vivir en otro país, ir a una nueva universidad… no te preocupes por nada que todo va a salir bien. Sólo vive.´´ No lloré ni nada parecido, estaba tan confusa que era incapaz, los abracé muy fuerte y facturé mi maleta. Miré por última vez a mis padres y pasé el control de seguridad.

El viaje fue el siguiente: Santiago de Compostela – Madrid – Roma – París – Santiago de Chile. La compañía aérea fue Ryanair y Air France, a la vuelta vine con Avianca (mucho más recomendable). Excepto en Ryanair en todos los vuelos nos ofrecieron comida y bebida al mejor precio: gratis. Entre el hambre, los nervios y el no tener nada mejor que hacer devoré todo lo que nos pusieron delante. En general todo estaba bueno y lo dicho, no tenía nada más que llevarme a la boca. Las escalas eran de un par de horas, no dormí en el aeropuerto y me olvidé de las maletas en Madrid porque a partir de ahí todo dependía de Air France.

El avión que nos llevó a Chile desde Francia era enorme, tenía pantallas para escuchar música, ver series, un mapa el cual indicaba qué estábamos sobrevolando… Todo ello ayudó a que el viaje fuese más llevadero. Estaba sin dormir, cansada, confusa porque no sabía qué me deparaba Latinoamérica, si haría amigos, si me enteraría de algo en las clases… Las dudas normales de una chica de 20 años que se estaba yendo a 13.000 kilómetros. Hubo turbulencias, nos dieron comida que devoré, vi varias películas, dormí unas horas, me dolían las piernas de la presión… Cuando faltaba media hora para aterrizar nos entregaron dos documentos que todas las personas que no teníamos nacionalidad chilena. Se deben cubrir y entregar al llegar, una declaración conforme no portas productos vegetales o animales y otro papel con datos personales.

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Sobrevolando Los Andes.

A las ocho de la mañana por horario chileno, en España son seis horas más, estaba en nuestra nueva patria. Tocaba lo más complicado, entrar en el país y que no hubiese problemas con ningún documento. En mi caso yo tenía visado de estudiante por lo que se suponía que no pasaría nada raro. Fueron muy amables, simplemente entregué los documentos y me preguntaron si tenía visa o ingresaba en el país como turista. ATENCIÓN: Os entregarán un papel pequeño con un sello en el que consta el día en el que se entra en el país, es muy importante conservarlo.

Al llegar tomé una micro (autobús) que nos llevó hasta el centro. Todas las personas a las que preguntamos nos contestaron con una sonrisa en la cara, a veces en España es complicado conseguirlo. Fui directa para el hostel, una habitación privada con un baño (sin puerta). Costó unos 11.000 pesos chilenos, pero estaba en una zona para nada recomendable de Santiago. Cuando salí del metro, se puso a hablar conmigo un tipo con que casi no se podía mantener en pie. Se ofreció a llevarme la maleta grande y me indicaría dónde estaba mi hostel. No tenía mapa y estaba tan cansada que acepté, pensé que mi maleta era muy pesada como para que escapase con ella y que podría correr más que aquel borracho. Las apariencias engañan, encontré el hostel gracias a aquel chileno que encima me hizo reír.

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Palacio de la Moneda. Santiago de Chile.
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Santiago de Chile

Cuando me metí en la cama me desperté al día siguiente a las cinco y media de la mañana, todavía me tenía que acostumbrar al cambio de hora. Todo me resultaba muy surrealista; estaba al otro lado del Atlántico sin casa, sin mi familia, sin mis amigos, había cambiado de verano a invierno, usaba otra moneda… Comenzaba la aventura. Irme a Chile ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida.

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Valparaíso, al fondo Viña del Mar y Concón

 

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