Día 1: llegada a Mendoza (Argentina)

Ya no había vuelta atrás, estaba en un autobús destino a Mendoza. Oficialmente ya no tenía casa, había devuelto las llaves y solo tenía una mochila (mis otras cosas me las guardó mi amigo de Valparaíso, Pato, en su casa durante todo el verano). Por supuesto que tenía miedo, todos me dijeron que estaba loca, desde mi madre a mis amigos. Pero sabían que mi decisión era firme, jamás había viajado sola. Sí que se me había ocurrido, el primer año de universidad encontré unos billetes de Ryanair por 10 euros Madrid – Santander, nadie se animó a ir y al final yo no los compré. Sigo pensando en ese viaje que jamás hice, por el mero hecho de no tener acompañante. Por fortuna he cambiado y estoy muy orgullosa de haber dado el paso el 20 de diciembre del 2014. Los 20 años jamás regresan, pensaba aprovecharlos al máximo posible… estaba en Latinoamérica, me daba exactamente igual que a ningún amigo se le hubiese ocurrido lo mismo que a mí. Era una especie de rito de paso, necesitaba hacer esta aventura.

Me gustó atravesar Los Andes aunque no hubiese nieve, lo esperable en esta época del año. Y me hizo gracia que cerca de mi asiento había una familia con unos niños pequeños (Cabros chicos en chileno) que no paraban de hacer preguntas del tipo: ¿Hemos llegado ya? ¿Nos llevas a ”No sé qué lugar”? ¿No os suena a Los Simpson?. Me estaban poniendo más nerviosa, más de lo que estaba. Me puse música y me dio la risa, no sabía muy bien qué hacía en otro continente, sola y con la mochila a cuestas.

Lo más desagradable fue esperar dos horas en la aduana. Miraron todas las maletas, interrogaron a la gente para saber si pretendían vender aparatos electrónicos en Argentina porque en Chile es mucho más barato, miraron detalladamente la documentación de todos los pasajeros y las colas eran interminables. Afortunadamente continuaba teniendo batería en mi ipod y el guardia me despachó rápido. Me dijo: Su pasaporte por favor ¿Sos europea? Oh, sos gallega como mi abuelo que era de Lugo. Bienvenida gallega.

Por fin estaba en suelo argentino, lo que había sido mi motivación durante las duras semanas de exámenes cuya novedad este año es que eran orales y yo siempre los había hecho por escrito. Tuve que aprender chileno en muy pocos día y evitar decir palabras que en este país sonarían fatal mientras que en España es lo normal, el ejemplo más claro es ”coger” que a mi entender es lo mismo que ”agarrar” así que no penséis mal. Todo eso había quedado atrás y ahora a través de las ventanas del autobús veía cómo cambiaba el paisaje y las montañas se teñían de marrón y tonos rojizos, algo nuevo para mí.

Al medio día llegamos a Mendoza capital, yo ya lo había visitado en septiembre durante las fiestas patrias chilenas por lo que en esta ocasión sería una parada técnica. Me bajé del autobús, estaba completamente despistada y solo tenía 100 pesos en mi bolsillo. Ahora sí que empezaba la aventura. Me confundí al salir de la estación, fui en dirección contraria y no me di cuenta hasta que pregunté. Era estúpido, parecía que le tenía miedo a la gente, me daba vergüenza hacer una pregunta y quedar como una pelotuda. Ahora que he viajado más, lo puedo afirmar con seguridad: lo mejor de viajar es la gente. Intenté calmarme, no estar nerviosa y apagar esa alarma que tenía en la cabeza que no paraba de decirme: ¿Qué coño estás haciendo en Argentina tú sola?

Esa noche dormí en el hostel más barato que encontré que se llama Internacional, tan sólo pasaría unas horas ahí porque a las siete de la mañana salía mi autobús (colectivo en Argentina) hacia San Rafael que me costó 59 pesos y tres horas de espera. Pagué 5 euros por una noche en ese hostel. Fui a la habitación y saqué el ordenador, quería mirar cómo llegar a la estación mañana. Decidí ver una película, como una autista sola en la habitación. Un poco después llegaron mis compañeras de cuarto, unas chicas de Reino Unido. Refresqué mi inglés y una de ellas hablaba portugués con un acento simpático, por supuesto que aparté mi portátil y fui a la sala a tomar algo con ellas quienes se dirigían a Chile. Así hice mis primeras amigas del viaje, sonriendo y sin tener unos cascos en los oídos. Me pareció ridícula la actitud y algunos de los temores que había tenido unas horas antes, cuando salí del autobús. No me iba a pasar nada malo, todo lo contrario, los demás estaban equivocados y a partir de ese momento intenté pensar en el presente y disfrutar de mi viaje. Una mujer mochilera no podía ser una locura, el género no puede ser una barrera aunque estemos contaminados por el patriarcado. Los techos de cristal hay que destruirlos.

Dirección del hostel

Por la mañana temprano agarré mi fiel amiga durante estas semanas, mi mochila, y caminé hasta la terminal de autobuses. Algunas personas hicieron comentarios cuando me vieron pasar, la mayoría hombres, pero yo simplemente ignoré sus palabras. Incluso unos frenaron el coche y me preguntaron si quería que me llevasen al terminal. En aquel momento pensé que eran unos cerdos, sonreí y les dije: ´´Gracias pero prefiero ir sola´´. Ahora lo pienso y creo que estaba equivocada, si algo me enseñó Latinoamérica es que tenía muchos prejuicios aunque yo no lo sabía. La gente te intentaba echar una mano, me subí a muchos coches, dormí en casas de desconocidos, hice amigos en cinco minutos… La misma situación se dio en Brasil, Porto Alegre, me llevaron unos uruguayos fans de Mujica en su coche hasta la estación. Ese verano, muchas cosas iban a cambiar en mi cabeza y benditos cambios.

Me subí en el autobús que me llevaría a San Rafael. Los asientos eran cómodos y teniendo en cuenta el cansancio, no tardé en quedarme dormida. No había problema ninguno porque mi parada era la última. En San Rafael me alojaría un par de días un chico que conocí a través de la página de Couchsurfing, estaba muy contenta por poder conocer a alguien del lugar y no extranjeros que no podían contarme cosas de Argentina.

La aventura continúa…

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