Día 7: Merlo y Villa Elena (San Luis)

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Villa Elena, San Luis (Argentina)

El 26 de diciembre nos despertamos a las seis de la mañana para tomar un colectivo a la zona de la sierra. Tenía tanto sueño que hasta me quedé dormida encima de la mesa del salón sobre una bolsa de ropa, os podéis imaginar la escena. Por suerte pude dormir las tres horas de trayecto hasta Merlo. Comimos unas milanesas y dos empanadas en un restaurante barato, me invitó Yasín. Entre el empacho y lo que tuvimos que esperar a que nos sirviesen perdimos el colectivo que nos llevaba hasta el cerro que subiríamos. Tocaba caminar bajo un cielo totalmente nublado, efectivamente nos pilló la tormenta. Mejor tomarlo como otra anécdota del viaje.

La que nos esperaba…

Siempre con la cámara en la mano

Habíamos recorrido un tramo, hicimos autostop y a los cinco minutos paró una mujer que viajaba en coche con su hija. Jamás ocurriría eso en España, lo normal sería pensar que si recoger mochileros de la carretera te robarán o se tratará de unos psicópatas. Argentina me estaba enseñando muchas cosas. Se lo agradecimos mucho porque nos ahorró varios kilómetros caminando bajo la lluvia.

Nos dejó en un pueblo cercano al cerro. Nada más bajar recordé lo que implica vivir en un lugar con reducido número de habitantes, todos nos miraban como si fuésemos una novedad. Exactamente lo mismo que ser un ‘’forastero’’ en el sitio en el que me crié. Caminamos hasta el siguiente pueblo por donde paraba el colectivo que nos llevaría hasta la Reserva Natural de Villa Elena. Estaba lloviendo y ningún coche nos levantó.

Por fin estábamos ante las imponentes montañas que se suponía que debíamos subir acompañados de nuestras pesadas mochilas. ¡Qué ilusa fui al pensar que iríamos a un Parque Natural en que habría un camino! Me parecía tan obvio que no lo pregunté y acepté acampar en medio de la sierra, cómo íbamos a subir una montaña campo a través… Efectivamente eso hicimos. Él había estado mil veces ahí, tenía buena condición física (algo que yo no porque mi época de deportista forma parte de la prehistoria) y le parecía sencillo caminar kilómetros esquivando zarzas y saltando piedras. Os podéis imaginar las risas que se echó a mi costa y las caras que debía estar poniendo yo pensando que iba a morir ahí. No me considero ‘’urbanita’’ pero nuestros niveles de supervivencia eran diferentes, menos mal que era buena persona y no me abandonó en medio del bosque aunque tenía que esperar por mí.

 

Era un reto, las vistas eran espectaculares, estaba mejorando mi resistencia física y contaba con un buen guía. Daba igual el cansancio, las pintas que llevaba, los muchos cortes que me hice o haberme caído por primera vez en medio de las zarzas como si en Galicia no hubiese (Para nosotros son ‘’silvas’’ de toda la vida). Durante semanas tuve las piernas destrozadas, parecía que me habían dado una paliza en San Luis pero volvería a subir ese cerro.

Empecemos…

Todavía no habíamos llegado al lugar donde acamparíamos y estaba oscureciendo. Al final mi amigo llevaba su mochila y la mía para caminar más rápido, me sentí como una auténtica explotadora. Algo así como mis ancestros en la época de la Colonización. Justo cuando atardecía llegamos a nuestro destino y pude sacar unas magníficas fotografías.

Intentando no morir en medio de Argentina

El cielo continuaba nublado y era probable que comenzase de nuevo la tormenta, para colmo no sé la razón pero no conseguimos armar la carpa bien. Cayó en medio de la noche y parecía que dormíamos en un saco de los que utilizan las funerarias para meter los cadáveres. Nota para el futuro: primero hay que familiarizarse con la tienda de campaña en casa para asegurarte de que sabes montarla.

Atardecer

Habíamos ‘’acampado’’, más bien tirado la carpa en el suelo porque los palos cayeron, al lado de una cascada. A pesar de los comentarios: ‘’¡Cuidado que hay una víbora!’’ o ‘’¿Qué es eso que hay en el fondo?’’, no tardé en tirarme al agua. Otro episodio gracioso en las aventuras de Laura ocurrió cuando volvía a la toalla contenta porque no había tropezado en las rocas… ¡ZAS! resbalé de la forma más torpe y penosa posible terminando en medio de la laguna. La cámara estaba grabando pero por supuesto ese vídeo también lo guardo para la intimidad. Estuvimos un buen rato riéndonos de mi última hazaña.

 

Estaba con un auténtico experto en temas de supervivencia, aprendí varios trucos que he utilizado a lo largo de mi viaje. Por ejemplo una forma sencilla de cerrar la mochila sin candados o cocinar un arroz en medio del bosque. Desde luego que yo no tenía ni idea de la mitad de las cosas que me contaba.

Después de comer, bañarnos en la cascada y recoger nuestras cosas teníamos que bajar el cerro para continuar nuestro viaje hasta Córdoba. La bajada fue más sencilla que la subida pero no era tan ágil, hubo varias caídas, cargaron de nuevo mi mochila y por momentos creía que de ahí no saldría sin ninguna fractura. No sé cómo pero conseguí llegar al pueblo con sólo cortes y moratones en las piernas. Para ser sinceros, mis pintas daban un poco de vergüenza ajena pero en aquel momento me daba exactamente igual. A medida que viajaba más, esos detalles no me parecían importantes.

Siguiente parada: Córdoba.

Si quieres leer más sobre mi viaje por Argentina, dale al siguiente enlace: Argentina

Si quieres leer más sobre mi viaje por Latinoamérica, aquí dejo el enlace: Latinoamérica con una mochila

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