Día 19: Cabo Polonio, Punta del Diablo y Chuy. Rumbo a Brasil.

Cabo Polonio era precioso, un parque natural perfectamente cuidado y con un ambiente hippie que me encantaba. Para llegar a la playa había que ir en una especie de camión que atravesaba 8 kilómetros de dunas y estrechos caminos, fue gracioso ver lo mucho que se movía y parecía que transportaban ganado en vez de personas.

Después cogí un autobús para Punta del Diablo, mi último destino antes de abandonar Uruguay. Vendieron más billetes que asientos entonces todos íbamos muy apretados, tardamos más de lo normal. No tenía suficiente dinero para llegar a Punta del Diablo, pagué un billete para un pueblo que estaba antes. No fue muy honrado pero el cajero automático no aceptó mi tarjeta de crédito, no tenía opción. En ese trayecto conocí a unas chicas chilenas que también estaban de viaje celebrando que habían terminado el instituto. Al llegar a Punta del Diablo caminé 3 kilómetros (el autobús era un timo) desde la terminal a mi hostel que literalmente estaba sobre la arena de la playa. Lo malo es que la mayoría de las calles no tenían el nombre por lo que localizarlo era complicado y la mochila pesaba.

En la habitación éramos nueve personas, era tan cutre que uno de los colchones estaba sobre un armario. No pido lujos, tan sólo que se pueda dormir en unas mínimas condiciones. Pagar casi 15 euros por eso me parece un abuso, pero vuelvo a decir que Uruguay es carísimo. Esa noche conocí a unos argentinos de Buenos Aires, querían salir pero no tenía dinero… se lo expliqué y ellos pagaron las cervezas. La gente de ese país es así de sencilla, pronto encuentran soluciones a todo.

Era el nueve de enero, regresé a la terminal caminando de nuevo los tres kilómetros para no gastar dinero en un autobús con precios turísticos. Esperé una hora y llegó mi autobús con destino a Chuy, la ciudad fronteriza con Brasil que está como a unas tres horas de donde me encontraba. Al llegar me fijé en los precios, eran mucho más bajos y algunos carteles estaban escritos en portugués. Compré comida en abundancia y bebida para las seis horas que me quedaban hasta llegar a Pelotas, una pequeña ciudad de Río Grande donde me hospedaría otra Couchsurfing.

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