Día 25: Porto Alegre

Mi siguiente destino era Porto Alegre después de seis horas sentada en un autobús. Llegué por la noche así que tomé un taxi porque no tenía ni idea de dónde estaba el hostel, no había internet e información turística había cerrado ya. En recepción me atendieron de forma muy amable, el chico hablaba español y portugués. Me pasó algo gracioso con él y el taxista, no tenía cambio para pagarle a este último así que entró conmigo por lo que el recepcionista no sabía si debía usar un idioma u otro. El precio estaba bien y las habitaciones eran para cinco personas, en la mía solo tres: una madre, su hija adolescente y yo. Dato importante: había aire acondicionado, un regalo para una gallega.

Me quedé tres noches allí, visité toda la ciudad y puede ver una parte de Brasil que no me gustaba: la gran desigualdad social. Pasada cierta hora en las calles se exhiben como pedazos de carne muchas mujeres que no tienen más remedio que prostituirse para ganar dinero, hay muchas personas que mendigan, otros que viven en la calle y algunos que claramente tienen un problema con la droga. El gobierno los vuelve invisibles y parece que están más ocupados en Copas Mundiales de fútbol que en el bienestar de sus ciudadanos, espero que pronto se apliquen verdaderas políticas de igualdad y que se erradique la pobreza.

El Principito en portugués

Una gran anécdota y la prueba de que evolucioné durante mi viaje, fue lo que me pasó el día que me iba de Porto Alegre. Salía de mi hostel con la mochila, pensaba ir en autobús hasta la estación, me vieron unos chicos que también habían dormido en el mismo albergue que yo. Eras uruguayos, aunque cometí el error de preguntar si eran argentinos, se lo tomaron con humor. Ellos viajaban en coche desde Montevideo, me dijeron que me acercarían a la terminal. Acepté, algo que no habría hecho antes de este viaje. Me alegro de haber cambiado, hay que confiar en la gente y tener sentido común no debe estar relacionado con el miedo. Nos pusimos a hablar de todo un poco, de Mujica o de España. Me hicieron reír bastante, cuatro chicos un poco mayores que yo. Me llevaron hasta la estación de autobuses, literalmente, no teníamos claro dónde estaba la entrada y al final se metió en la terminal y paró en el mismo andén. Todos quedaron mirándonos, pero llegué justo a tiempo para mi autobús. Nos despedimos con un abrazo y le di las gracias.

Mi siguiente parada en la ruta: Florianópolis.

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