Día 31: Sao Paulo

De Florianópolis a Sao Paulo fueron doce horas, viajé por la noche y dormí perfectamente debido al cansancio que tenía. Llegué por la mañana y tomé el metro para llegar al hostel donde había reservado una cama. Una mujer joven me dejó su asiento para que dejase en el suelo mi mochila, se lo agradecí. Frente a mí había un gran cartel anunciando que pasadas las doce de la noche los vagones se dividen por sexos: unos para hombres y otros para mujeres. El objetivo era intentar reducir el número de violaciones que se producían en esa gran ciudad y que ante esta situación se denuncie a las autoridades. Es chistoso la forma de tratar estos temas, se enseña a las mujeres cómo protegerse y que no sean víctimas en lugar de que los hombres aprendan a comportarse como tal y no sean animales. Es un enfoque que me parece digno de ser analizado, por supuesto me sale la vena sociológica, pero desde luego no es la forma de hacer políticas de género. La solución no es un vagón rosa y separar a la gente como ganado, esa medida no implanta seguridad e igualdad, solo una parodia. 

Fueron muy amables conmigo en el hostel, situado en un barrio obrero de los muchos que componen esta ciudad del ladrillo. Me atendió una mujer uruguaya con mucho mundo, había vivido en un montón de países entre ellos España debido a la dictadura que sufrió su patria. La habitación en la que me quedé parecía un barracón de la Segunda Guerra Mundial, las camas tenían tres pisos, pero era barato.

Sinceramente Sao Paulo es un lugar prescindible en términos turísticos; una ciudad con muchísima gente, grandes edificios, agobio por todas las calles, numerosas personas sin hogar… Ocurrió uno de los peores sucesos de mi viaje; en un momento dado me perdí en medio de sus callejones laberínticos. Caminaba por una acera repleta de vagabundos y personas que evité mirar, mi intención era salir de ahí lo más rápido posible. La suciedad aumentaba, el ruido, las fachadas destrozadas y la ausencia de autobuses o taxis me pusieron nerviosa. Llegué a una gasolinera, le pregunté al empleado cómo regresar al centro. Me miró preocupado, dijo que por ahí no había servicio de transportes y que los taxis no se atreven a pasar. La única opción que tenía era caminar por el borde de una autovía. De repente un hombre me agarró un brazo, insistía en que me fuese con él en su coche y me dejaría donde quisiese. Manteniendo la calma y con una sonrisa le dije en portugués que era muy amable pero que no, buscaría otra solución. No me soltó, el de la gasolinera me defendía pero tampoco se quería entrometer en este asunto. Si le hablaba mal no sé qué me haría, no ganaba nada diciéndole a aquel cretino lo que pensaba y que ni loca me subiría en su coche. Pronto llegó mi salvador, otro hombre de unos cuarenta años le quitó la mano de mi brazo y dijo que me dejase en paz. Contó que estaba echando gasolina con su familia y que pasarían por el centro para dejarme, ya que aquel barrio era peligroso. No tenía más opción y viajaba con su mujer y tres niños de menos de diez años. Las probabilidades de que fuese un psicópata eran menores. Fueron encantadores.

Estuve unos tres días en la ciudad, como ya he dicho fue una parada técnica. Compré mi billete para Río de Janeiro, a donde llegué a las nueve de la noche. Sao Paulo ayudó a construir esta nueva identidad, una Laura más segura de sí misma y que es capaz de salir de situaciones complicadas. De los errores también se aprende, enfadarse o llorar no vale de absolutamente nada. Imagino que esto debe de ser la madurez y estas lecciones te las da el salir de casa.

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