Día 36: Foz do Iguaçu. Camino a Paraguay.

Mi último destino de Brasil era Foz do Iguaçu, compré mi boleto de autobús y me hice a la idea de que serían 23 horas en la carretera. Sobreviví, pero fue duro soportar el aire acondicionado al máximo y no tener nada para taparme. Por suerte mi compañera de asiento compartió un fular que tenía, adoro la gente de este país.

Me fue a buscar a la terminal un hombre de unos 35 años con el que había contactado por Couchsurfing y me alojó dos días en su casa. Siempre tenía en su casa a gente de otros países, le gustaba mucho conversar y compartir con los demás. Me dio directamente las llaves. Su familia tenía un restaurante y me invitó a comer allí. Me dio todas las indicaciones necesarias para llegar hasta las cataratas y la reserva de aves, también cómo podía pasar al lado argentino pero no tenía tanto dinero para pagar las dos entradas. Se fue a trabajar y yo visité uno de los lugares con los que siempre había soñado: las Cataratas de Iguazú.

Después fui a la Reserva de Aves, justo al lado. Mientras hacía la cola para pagar mi entrada escuché a unos españoles y comencé a hablar con ellos. Era una madre, y su hijo con la novia alemana. Los chicos estaban recién licenciados, él era ingeniero civil y ella bióloga, ambos estaban trabajando en Sao Paulo. Era la primera vez que veía a su madre en un año, cuando hizo las maletas y dejó Madrid en busca del futuro que su país le negaba. Pero no cruzó el Atlántico solo, la chica alemana había estudiado el último año (Erasmus) de Biología en la Universidad Autónoma de Madrid por lo que se conocieron y decidieron venir a trabajar a Brasil. Es la historia de otros muchos jóvenes, que salieron de mi país con un billete de ida pero no de vuelta. Mi hermano está en Londres, es un físico buscándose la vida por Europa.

Al día siguiente fui hasta el Marco de las tres fronteras, me confundí de autobús pero el conductor se desvió y me dejó en la parada que correspondía para que pudiese tomar el correcto. Esperé casi una hora al sol y aguantando las miradas de muchos, me arrepentí de llevar vestido. No me valía de nada gritar que eran unos cerdos, intenté ignorar sus acusadoras miradas. Incluso unos tipos dieron varias vueltas en el coche. Llevaba un sombrero, oculté mi pelo rubio para no parecer tan europea y me senté para que no se viese que era alta. El patriarcado no haría que diese la vuelta. Por supuesto que estaba preocupada, trataba de ser analista: era pleno día, había gente por la calle y mis cosas de valor las tenía metidas en la mochila y no una réflex en el cuello. ¿Qué probabilidades había de que me pasase algo malo? Cuando me senté en el autobús fui conversando con una mujer de Río de Janeiro que estaba allí de viaje, fue muy amable y además simpática. Me dijo que podíamos ir juntas, no le parecía segura esa zona aunque se suponía que era turístico.

¡¡ESTOY EN TRES SITIOS A LA VEZ!!.
A mi derecha: Argentina, a mi izquierda: Paraguay y yo en el lado brasileño

Para volver me acerqué hasta la carretera donde nos había dejado el autobús, la brasileña que estaba conmigo le preguntó al conductor si ya podíamos entrar. De malas maneras le contestó que saldríamos en quince minutos, no antes. Hacía mucho calor y estábamos al sol, no entendimos la razón por la que se había negado. Era absurdo. Nos sentamos y esperamos los 15 minutos rigurosamente, llegar hasta el marco de las tres fronteras es toda una aventura.

Después fui a Itaipubinacional, la mayor hidroeléctrica del mundo. Un destino obligatorio para todos los ingenieros. Una parte está en suelo brasileño y la otra en paraguayo. Merece la pena.

Mi último día en Foz do Iguaçu, fui a cenar con mi couchsurfing y un amigo suyo, de nuevo no me dejó pagar. Hablamos de muchas cosas y le agradecí todo lo que había hecho por mí. Era una persona muy interesante, incluso estuvo viviendo en Japón una temporada. Al terminar me dejaron en la terminal de autobuses, mi próximo destino era Asunción (8 horas de viaje más o menos). No tenía claro qué había en Paraguay y mi tiempo era limitado, por lo que fui directamente a la capital. El autobús era muy cómodo y esta vez había mantas. Ya no me iba a destrozar el aire acondicionado. Pronto pasamos la aduana y llegamos a Ciudad del Este, el sello es rojo a diferencia de los otros países. Me volví a sentar, me tapé con la manta y tardé dos minutos en quedarme completamente dormida. Desperté en Asunción mientras el conductor me balanceaba y se reía porque era incapaz de que reaccionase.

Espero que muy pronto pueda escribir el siguiente capítulo de mi aventura de Latinoamérica. Y adelanto que Paraguay, pese a mis ideas preconcebidas, me sorprendió gratamente y fue una experiencia divertida.

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