Día 47: Llegada a Bolivia con la mochila. Villazón.

Bolivia

Continúo contando mi aventura por Latinoamérica con una mochila a mi espalda. En esta ocasión, hablaré de mi paso por suelo boliviano y comparto lo que escribí en mi cuenta personal de Facebook:

– Día 47: Mis últimas 24 horas han sido peculiares pero lo importante es que ya estoy en suelo boliviano. Lo primero que hice ayer al despertar fue comer lo máximo posible del desayuno que incluía el hostel de Salta, después recoger mis cosas e irme a Jujuy. 

Tardé dos horas en llegar y compré mi boleto para la ciudad más próxima a la frontera (La Quiaca a 4 horas y media de allí), Bolivia es barato así que en cuanto llegase compraría otro billete para ir a donde me interesaba y no gastar un dineral en Argentina. Cuando llegué a La Quiaca (Argentina) debía pagar un taxi para que me dejase en el puente donde se encontraba la aduana, estaba a cinco minutos de la terminal. No me quedaban pesos y no quería sacar dinero de un cajero y que me cobrasen comisiones. Tenía la opción de subir sin dinero y poner mi mejor sonrisa o caminar bajo la lluvia sin saber a dónde dirigirme. Hice lo primero. El tipo empezó a hablarme haciéndose el simpático, me preguntó si estaba soltera porque ”era muy linda” y a hablarme de tópicos de España. Cuando le pregunté cuánto dinero le debía me dijo que nada, no tuve ni que inventarme algo o darle lo poco que me quedaba. Cojonudo.

Puse la cara más amistosa que pude en el control de inmigración y estamparon en mi pasaporte dos sellos más para la colección. Me advirtieron de que había muchos choros (Ladrones) y que no hablase para que no notasen mi acento. Volvía a tener que decidir, llegar a la terminal de Villazón caminando bajo la lluvia o pagar un taxi como un burgués. Está claro lo que hice, saqué mi poncho de emergencia -Un chubasquero que me acompaña desde los doce años-, tapé mi mochila, metí los pies en un charco con barro para que mis Nike (Compradas en Chile gracias a una oferta) estuviesen asquerosas, me cubrí la cara con la sudadera al estilo etarra y me hice un ”chicho” enroscando el pelo en un lápiz a falta de coleteros para que no se viese mi rubio de bote. Y con esas pintas recorrí mis primeros dos kilómetros bolivianos, intentando recordar lo que aprendí en kárate hace años por si alguien me molestaba, yo por mi hija (la cámara de fotos) mato.

Tras preguntar a varias personas llegué a la terminal, salía un autobús para Potosí en menos de media hora pero no tenia efectivo. Pregunté si podría pagar con una mastercard y su cara fue como si hubiese dicho con sangre de unicornio. Salí de nuevo a la lluvia en busca de un cajero automático y pagar los 3’90 euros que costaba el pasaje – pero por un trayecto de 8 horas-, cuando lo encontré me llevé la alegría de que no me cobraban comisiones (¡Viva Nova Caixa Galicia o como se llame ahora!). Quedaban diez minutos para irme, tiempo suficiente para comprar algo de comer, mi menú fueron unas manzanas que le compré a una ”señoriña” después de negociar el precio, pan y una botella de agua que me salió gratis porque el tipo había estado en España trabajando con gallegos. Dijo que se negaba a cobrarle a alguien de Pontevedra, porque éramos buena gente, leales, trabajadores, humildes y sinceros. Insistí en darle el dinero pero no me hizo caso y antes de irme su madre me echó unos cuantos rezos y bendiciones, soy atea pero agradezco la buena intención.

Empapada, con el billete del autobús hecho bosta por la lluvia, me senté y puse cara de ”pobre extranjera a la que se le ha roto el boleto”, el conductor dijo una pelotudez tan grande como: ”Te dejo pasar pero porque eres rubia (De bote pero bueno)”. Mi asiento era el número 44, no existían, pasaban directamente del 42 al 45… Me sentí como cuando Harry Potter preguntaba por el andén 9 y 3/4 y nadie lo veía. En fin, cuando vinieron a reclamar su lugar las personas a las que le correspondía el 45 me hice la dormida, así se cambiaron ellos. Y como último golpe de suerte, comencé a hablar con la señora que se sentaba a mi lado y le dio pena que me tapase sólo con dos toallas del Decathlon… Me dejó el típico poncho de lana de llama este país. Y durante las próximas ocho horas dosifiqué el agua que bebería porque no había baño en el autobús.

A las cinco y media de la mañana llegué a la terminal de Potosí, justo cuando amanecía. Pregunté y me indicaron qué autobuses me llevarían al centro, pagué 1,5 bolivianos (20 céntimos, el castigo fue que en la radio sonaba Álex Ubago) y me alojé en el primer hostal que pareció por el módico precio de 4,5 euros por una habitación privada. Y así se resumen mis últimas 24 horas, la travesía que me ha llevado desde Argentina a Bolivia. Me encanta este viaje porque cada día es totalmente diferente al anterior. –

No todos los comienzos son idílicos, pero hoy mi paso por Villazón y la llegada a Potosí me hace mucha gracia, se ha convertido en otra anécdota de viaje. Laura ya estaba capacitada, o aprendiendo, para salir de este tipo de situaciones.

Sigamos con la aventura…

Si quieres leer más sobre mi viaje por Bolivia, dale al siguiente enlace: Mochileando en Bolivia

Si quieres leer más sobre mi viaje como mochilera por Latinoamérica, ya saber lo que debes hacer: Latinoamérica con una mochila

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