Día 48: Potosí. La ciudad de las minas.

Estaba en Potosí, después de una odisea para llegar a suelo boliviano, puedes leer la entrada en el siguiente enlace: Día 47: Llegada a Bolivia con la mochila. Villazón. Me alojé en un modesto hostal por cuatro euros y una habitación individual. Estaba enferma, tenía fiebre y salí en busca de una farmacia. En mi mochila no llevaba ibuprofeno o algo similar, sólo mi medicación para el asma, error de principiante. Encontré un puesto con libros, no pude evitar comprar varios a precios que resultaban de risa. La señora no sabía ni qué vendía. Cuando regresé me puse a leer en la entrada del hostel y me pasó algo muy extraño, de repente se sentó a mi lado una chica catalana que también se llama Laura. No tenía ni idea de que mi amiga estaba ahí, a ella también le habían dado una beca y estudiaba en Chile. Yo llegaba y ella se iba de Bolivia hacia Argentina. El mundo es un pañuelo.

Una catalana y una gallega se encuentran en Potosí. Dos Lauras por el mundo.

Por la tarde caminé por la ciudad, marcada por su pasado minero y de hecho muchos siguen viviendo de ella. En una plaza un señor se puso a hablar conmigo, contándome parte de la historia del país. Fue muy amable y decía que le gustaba mucho poder conversar con extranjeros. Bolivia era un país que comenzaba a abrirse al mundo.

Potosí

Potosí. Fanta llega a todas las partes del planeta.

Potosí, centro. Atención a la mujer del aguayo y el chico con jeans. Bolivia, el país de los contrastes.

Más tarde contraté un tour, por seis euros visitaría una mina por dentro y en pleno funcionamiento. No hay forma de entrar sin un tour. Iban dos chicas conmigo, chilenas que estudiaban en Santiago pero eran de Valdivia. Nos lo pasamos muy bien y la experiencia fue magnífica. La guía nos llevó por lugares por los que nunca pasaban, me encantó que fuésemos la excepción. Bendito casco, la mina es un completo laberinto no apto para torpes. Estuvimos varias horas dentro, mascando hojas de coca (nada que ver con la cocaína) y fumando unos cigarros liados en papel de periódico, asquerosos. La guía nos enseñó palabras en quechua, era un idioma común entre los mineros, menospreciado por otros bolivianos y que en realidad es parte de su historia debería conservarse. Yo le pregunté si era común que las mujeres trabajasen en la mina, contestó que ella era la única mujer guía y que lo normal es que trabajen fuera revolviendo entre lo que los hombres han sacado de la mina. Es decir, se buscan la vida moviendo toneladas de escombros en busca de los restos.

Fernanda y Macarena, chilenas, aprendiendo quechua. El alcohol potable ayudaba.

Preparada para entrar en la mina. No había botas del 36, parecía un pato.

Entrando en una mina activa desde la Colonización

Tomando Alcohol Potable (96 grados). Sobreviví. Los mineros me dijeron que me daban un aprobado.

Zinc y plata

Dios de la mina y ofrendas: bebidas, alcohol potable u hojas de coca

Trabajador de la mina

En la mina todos los trabajadores, como ya he dicho son casi todo hombres, deben tener más de 14 años pero yo vi algunos niños que no pasarían de los diez. Comenzaban con los trabajos más precarios e iban avanzando hasta llegar a manipular la dinamita y tareas que requerían mayores conocimientos. Hablé con uno de los trabajadores, llevaba 2o años trabajando ahí, me dijo que aguantaba por su familia y para darle unos estudios a sus hijos. Su hija estaba en La Paz estudiando Magisterio, la primera licenciada. Muchos de sus compañeros se habían jubilado antes de la edad estipulada debido a enfermedades respiratorias, el aire de la mina era un veneno, otros jamás saldrán de ahí con vida y sus familias no podrán velar los cuerpos porque es imposible el acceso a ciertas zonas. Fue impresionante hablar con estas personas, mientras nos pasábamos la botella de alcohol potable y le dábamos unas caladas a sus cigarrillos. Estaba conociendo realmente Bolivia. Cuando salimos de la mina estaba impresionada con toda esa información, en realidad no tenía ni idea de lo duro que podía ser la mina.

Por la noche quedé con las chicas chilenas que había conocido, a pesar de la lluvia. Cuando volví a mi hostel me encontraba mal, tenía dificultades para respirar, soy asmática. Mi medicación para el asma no me hacía efecto, me puse nerviosa y no sabía qué hacer… Fui a recepción y como pude pregunté dónde había un médico. Fueron a buscar a otro mochilero a su habitación, americano que casualmente era médico, estaba salvada. Me pinchó corticoides y volví a respirar con normalidad. En la ruta siempre habrá alguien dispuesto a echarte una mano. La chica de recepción me dio un té y me dijo que le había asustado. Fueron todos muy amables.

Al día siguiente tomé el autobús y volví al terminal, comí en un restaurante de ahí lo típico boliviano: arroz, pollo y patatas. Tuve que pagar una especie de impuesto por el alquiler del andén, un boliviano, al principio pensé que era un timo pero todos lo debían pagar. Partí hacia Uyuni, creo que fueron ocho horas pero tenía libros. En la siguiente entrada contaré mi mejor tour en Latinoamérica, en el que descubrí uno de los mayores salares del mundo. Tampoco hay forma de visitar el Salar de Uyuni sin contratar el tour.

Rumbo a Uyuni

Si quieres leer más sobre mi viaje con la mochila por Bolivia, dale al siguiente enlace: Mochileando en Bolivia

¿Quieres conocer mi viaje mochileando por Latinoamérica? Latinoamérica con una mochila

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