Día 54: La Paz

Como bien sabéis, todavía no he terminado de contar mi viaje por Latinoamérica con mi mochila. En febrero, después de 54 días de aventuras llegué a la capital boliviana. Fueron muchas horas de autobús desde Uyuni, sin cuarto de baño y poca comida. Los amigos que había hecho, de Chile y Asturias, decidimos hacer un banco en común y compartir todas las provisiones. Espíritu viajero.

En la estación todos gritaban diferentes destinos y se negociaba el precio de los boletos. Conocimos a unos argentinos y nos invitaron a desayunar. Marta se iba a Perú y la pareja chilena a otra parte de Bolivia. Nos recomendaron un hostel cerca de la estación, a diez minutos caminando. Llegamos y pagamos cuatro euros más o menos y dormimos en la misma habitación Lorena, Nela y yo.

Tirada en el terminal de autobuses de La Paz
El hostel estaba plagado de personas, la mayoría de nacionalidad argentina que viajaban con un mínimo presupuesto. En recepción no se dieron cuenta que entró Marta con nosotras y aprovechó para ducharse, le tocaban muchas horas metida en un autobús. Por la tarde bajé a una zona con sofás, mientras Nela y Lorena dormían para hablar con la gente que estaba allí. Conocí a un argentino que había estudiado historia, se aburrió de su trabajo en Buenos Aires y salió hacía ya un año a recorrer mundo con su mochila y solo cien dólares; ahora se financiaba el viaje haciendo malabares en los semáforos y publicando artículos académicos. Me gustó que decidiese dar ese cambio si realmente no era feliz con lo que estaba haciendo.

Fui con una pareja argentina, de Corrientes, a un mercado que había en la parte alta de la ciudad ese día. Me recomendaron que llevase una sudadera para el final del día. Caminamos hasta el terminal de autobuses y de ahí fuimos al teleférico, viendo La Paz desde el aire. Me llamó mucho la atención que muchos edificios no estaban terminados, una mujer me explicó que muchos no pintan las fachadas para no pagar impuestos.

 

La Paz desde el aire
Teleférico
Lo primero que hice fue comprar ropa de abrigo. En Bolivia, a pesar de todo lo que se pueda pensar, hace mucho frío cuando el resto de Latinoamérica saca la ropa de verano del armario. Los argentinos me dijeron que debía aprender a regatear, sin que me diese vergüenza y que ellos me enseñarían (tenían cinco años más que yo y muchos kilómetros recorridos). Quedé asombrada de sus habilidades, eran unos artistas. Una clase magistral. Creo que gasté tres euros y me llevé: una camiseta de manga corta, dos sudaderas, una camiseta de manga larga, unos pantalones, una pasta de dientes, comida y bebida. La pasta de dientes la conseguí yo por 50 céntimos, no tenía más dinero, eran ya muchos días de viaje. Los argentinos me dijeron que aprendía rápido. Aquí todo se negocia y los precios son convertibles, regatear es parte de la cultura. Estaba contenta por tener ropa de abrigo, no una única sudadera ya muy sucia. A modo de agradecimiento y por la tarde tan graciosa que habíamos pasado, gasté un euro y medio y les regalé dos camisas que les gustaban.

Volvimos al hostel, hacía mucho frío en esa parte de la ciudad y comimos unas empanadas de queso por el camino. Por la noche nos dedicamos a hablar todos en la parte de los sofás, todos llevaban mucho tiempo viajando y de hecho ya se conocían. Llevaban guitarras, malabares, cintas, hacían pulseras… ¿Quién dijo que para viajar hace falta mucho dinero, reservas de hotel y llevar muchas cosas?

Lorena y Nela en nuestro hostel
 Lo malo de ese hostel es que estaba muy sucio, uno de los peores donde he estado. El baño sobre todo era sencillamente asqueroso, no era muy agradable todo lo que podías ver allí. Estaba tan cansada que dormí, encima de unas sábanas que dudaba que estuviesen limpias. Nela me ofrecía su saco de dormir, me dijo que podía dormir con Lorena, pero me negué. A día siguiente, mientras yo dormía por la mañana, Nela y Lorena habían encontrado otro albergue cercano por el mismo precio y mejor. Además llevaron toda la ropa a una lavandería muy barata. Nos cambiamos, conocimos otros argentinos y visitamos la ciudad.
La Paz, lloviendo y después granizando
Pateando La Paz

Con Lorena. La escasez de ropa era un hecho porque mi camiseta era de ella.
Con Nela
Por la noche compartimos con los argentinos que habíamos conocido. Cenamos en un restaurante cercano, la combinación boliviana: pollo, arroz y patatas por un euro y medio. Es magnífico el presupuesto que necesitas en este país. Y lo complementamos con un kilo de bananas por 3 bolivianos. Cuando volvimos aparecieron otros chilenos, no recuerdo sus nombres, un boliviano y más argentinos. Me lo pasé muy bien con ellos y nos reímos muchísimo, montamos una buena fiesta improvisada.
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