Casablanca: en busca de mi Humphrey Bogart

Mi segundo día en Marruecos lo dediqué a Casablanca. Me desplacé desde Rabat en tren, creo recordar que pagué cerca de tres euros y fue una hora de trayecto. Era la primera vez que estaba completamente sola y empecé a hacer esfuerzos por entender el idioma. La gente habla francés y árabe, no sé decir nada en ambas leguas así que hablaba inglés y usaba mucho las manos si la otra persona no me comprendía.

Lo primero que hice al bajarme del tren fue buscar un hostel o un hostal a precios económicos. Pregunté en varios que estaban cerca de la Medina, pero o no había sitio o no podía quedarme ahí porque era una mujer sola. Esta estupidez solo me lo dijeron en un lugar. Al final encontré un hostal adecuado a mis necesidades, unos 20 euros por una habitación doble. Muy cerca de la zona vieja y donde podía escuchar la llamada a la oración. Dejé la mochila, me duché y empecé a patear la ciudad.

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Medina de Casablanca

En lo que pensé antes de nada fue en visitar la Medina y husmear en todos los puestos. Encontré cosas muy interesantes, desde remedios caseros para tratar las caries a utensilios de cocina hechos con barro. Marruecos es color, todo se ve en tonos naranjas y marrones, y todo está inundado de un olor especial que no sé muy bien cómo describir. Hay tiendas especializadas en especias, cremas para la cara, aceites… Recuerdo que estaba viendo unas alfombras hechas a mano, una auténtica obra de arte, y un marroquí de unos 30 años empezó a hablar conmigo (Omar, la persona que está conmigo en la imagen principal del post). Primero en inglés y después en castellano porque se había criado en Ceuta. Me presentó al dueño de la tienda, amigo suyo, quien me invitó a un té e intentó venderme medio comercio. No compré nada, mi presupuesto no me lo permitía, pero comprobé que regatear es todo un arte.

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Casablanca: Mezquita Hassan II
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Atlántico

Caminar por las calles de Casablanca implica confiar en la gente por la que estás rodeada. Creer que te darán las indicaciones correctas cuando preguntes por una dirección, dar por hecho que si hay alguna parte de la ciudad que es mejor evitar ellos te lo dirán, aprender a regatear y hacerlo con educación para que no intenten timar… Confiar en tu instinto y ver más allá de aquellas vestimentas no Occidentales. Todos me intentaban ayudar; Omar, el chico que vivió media vida en Ceuta, me enseñó la Medina y me dio indicaciones para llegar a la Mezquita Hassan II. De camino me perdí y unas chicas de mi edad me acompañaron un rato. Ellas con velo y ropa europea, yo con la cabeza descubierta, y todas hablamos tranquilamente en inglés. Me dijeron que le sorprendía que viajase sola, pero porque muchas mujeres piensan que sería peligroso por el mero hecho de que son musulmanes. Una religión no hace que las personas sean buenas o malas personas, hay de todo y no quiero generalizar. Me negué a que un credo crease una frontera entre Marruecos y España. Solo llevaba dos días allí, pero me estaba preguntando muchas cosas.

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Mezquita Hassan II

Estuve un rato fuera de la Mezquita Hassan II, observando la ropa de las mujeres y la ausencia de turistas. Yo estaba con la cámara y una mochila pequeña y se me acercaron unos chicos de mi edad, más o menos. Me empezaron a hablar en francés y les dije que prefería en inglés o español porque no comprendía otra lengua. Hicieron el esfuerzo y me preguntaron qué me parecía su país o cómo se me había ocurrido viajar sola, no era un tono de reproche sino simple curiosidad. Les pregunté si podía entrar en la mezquita y me comentaron que podía hacerlo si me cubría la cabeza y los hombros. Lógico, yo no quería faltarle al respeto a nadie, al igual que en el Vaticano también te tienes que tapar, pues aquí más de lo mismo. Utilicé un pañuelo que tenía y dejé la cámara de lado. Entré por la puerta por la que entraban todas las mujeres y no lo hice durante la hora de la oración. Por dentro es impresionante, un edificio enorme y con un estilo arquitectónico que jamás había visto.

Decidí volver al hostal con la luz del día, la Medina era un auténtico laberinto. Atravesar las calles en Marruecos es una locura, los conductores no respetan nada y es toda una hazaña llegar hasta la otra acera. Por el camino compré un periódico por hacer la gracia porque estaba escrito en árabe. No tengo ni idea de qué ponía. Cuando llegué al hostal el recepcionista bromeó conmigo, me preguntó si hablaba árabe y que si no sabía nada podía aprender que no era imposible. Me parece demasiado complicado, tardaría años en decir algo coherente. No encontré a mi Humphrey Bogart, pero es un acierto visitar Casablanca.

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