Torino

De nuevo había vuelto a poner mis pies en la ciudad de Torino, aquel 2 de mayo. Me había despedido de la familia bosnia-italiana con la que había vivido las últimas semanas. Mi último día en Courmayeur me trajo muchas sorpresas, entre ellas que nevó por primera vez. No me lo podía creer cuando vi los copos de nieve cayendo, creo que hasta ese momento nunca había visto nevar en directo. Para ellos era lo común, de hecho no era nada en comparación a los meses de enero o febrero… pero para mí fue una auténtica navidad. La noche del uno de mayo me despedí de Martina, la madre, y saldamos deudas pero no me pagó lo que me correspondía como aupair.

Me desperté temprano para ir en autobús hasta Aosta y después a Torino, necesitaba cambiar de línea. Me di una ducha para volver a ser persona (madrugar no es lo mío), me despedí de Goran (el padre bosnio) y de la pequeña Nicole. La niña me dijo algo muy simpático en italiano: ´´Oh, tu mochila es enorme, ¿Seguro que puedes con ella?´´. Y la despedida no podría haber sido completa si no me hubiese despedido de India, una preciosa perra labradora. En cuanto cerré la puerta y bajé las escaleras de la casa me encontré a una vecina, una abuela encantadora que me había contado días atrás algunos de sus viajes, entre ellos el norte de España. Me abrazó y me dijo que esperaba volver a verme en el futuro y lástima que no hubiese conocido a su nieto, yo creo que nos quería juntar o algo así.

Pensé que se habían terminado las despedidas, es la parte de los viajes que menos me gusta, pero no fue así. Cuando estaba cerca de la iglesia de Courmayeur oí que alguien me llamaba. Me giré y vi a Lidia, otra abuela pero peruana en vez de italiana. Nos habíamos conocido un día en el parque y a los cinco minutos ya la quería. Le expliqué que me iba, que había planeado un viaje por el norte de Italia, Europa del Este y Grecia con el dinero que había ganado como aupair. Nos dimos unos meses y me deseó ´´buona fortuna´´. Lo bueno de vivir en otro país es que siempre encontrarás a personas como Lidia, quienes se arroparán y te harán sentir en familia. Desde luego creo que echo mucho de menos Latinoamérica, allá el trato es muy sencillo y la gente muestra sus emociones sin pudor alguno. Extraño esa caridad humana.

Llegué a la parada del autobús media hora antes, pregunté donde se situaría el que iba para Aosta y un señor italiano muy amable me dio todas las indicaciones. Allí también estaba esperando una mochilera, resultó que nuestro nombre era el mismo y las mochilas exactamente el mismo modelo de Quechua y negras. La única diferencia es que ella era francesa y en unos días regresaba a Lyon, su ciudad natal. El trayecto de Courmayeur a Aosta es de una hora, cuesta 3´5 euros y durante ese tiempo puedes quedar maravillado con las vistas. Carreteras bordeadas por altas montañas, cuyas cumbres están repletas de nieve y las poblaciones son pequeñas y con las construcciones más tradicionales: piedra y madera. Me encantó conocer esa parte del Piamonte, alejada de las grandes ciudades y el bullicio de los turistas. Aunque sí es cierto que Courmayeur es muy turístico y destino obligatorio para todos los amantes del esquí. Sin embargo, en esa época del año se podía andar por las calles sin necesidad de esquivar selfies.

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Cuando llegué a Aosta, ciudad que había visitado unos días antes y que podéis leer el post, tenía solo unos minutos antes de la llegada de mi autobús con destino a Torino (6 euros si se compra con antelación). Pronto llegó el conductor y debíamos entregarle los billetes, el mío no estaba impreso y lo llevaba en mi teléfono. No le funcionaba la ´´máquina´´ para leer los códigos de barras, se puso a balbucear cosas en italiano que no entendí pero sabía que eran palabrotas. Le dio unos golpes a aquel cacharro, seguía sin funcionar y me dijo con una sonrisa que pasase. Por un momento pensé que me quedaría en tierra.

Dos horas de viaje para llegar a Torino. Me bajé al lado de Porta Nova, era la una más o menos y tenía todo el día para mí hasta las seis que era cuando mi couchsurfing regresaba del trabajo. Pateé toda la ciudad con la mochila, saqué algunas fotos y terminé tirada en un banco leyendo un libro. Aproveché mi visita porque cuando vine de España, tan sólo vi una parte de la ciudad y me fui para Courmayeur directa. Me gustaba este ciudad, llena de plazas y volví a ver gente después de haber pasado semanas en medio de la montaña. Otro gran cambio fue el tiempo, por fin hacía sol y podía ir en manga corta.

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A las 17:30 me puse a buscar la casa de mi couchsurfing en el mapa, cometí el error de no mirarlo antes y para mi mala suerte, estaba en el otro lado de la ciudad. Me negué a pagar un autobús urbano, me dije a mí misma que era capaz de caminar 5 kilómetros con la mochila y así lo hice. Me quedé sin batería y ya no tenía datos en el número italiano que me había comprado mi familia, tuve que usar el método tradicional: preguntar. No sé tanto italiano y no todo el mundo sabía inglés así que al final nos entendíamos por inercia. Tras mucho caminar y que ya eran casi las 20:00 de la tarde, llegué a la casa. Pero otro problema se me presentó, no recordaba el departamento. La dirección en la había escrito en la muñeca con un rotulador pero fue tan estúpida de no indicar el departamento y en Italia hay el extraño sistema de poner el apellido en el telefonillo y no un número, del estilo: 1C. De casualidad hice memoria y creía recordar que empezaba por la letra P, de quince departamentos solo había uno cuyo apellido empezaba por esa letra. Tuve suerte y acerté a la primera.

Mi couchsurfing fue adorable desde el minuto uno, me enseñó el sofá cama donde iba a dormir y me dijo que podía usar la ducha si lo necesitaba. Después de todo el día con la mochila a la espalda, sí, necesitaba esa ducha. Después fuimos a cenar a un restaurante vegetariano de ambiente de estudiantes y conocí a una amiga suya llamada Nicole que era socióloga, al igual que yo, y que hablaba español porque había estado de Erasmus en Sevilla. Fue muy agradable hablar con ellos y me contaron algunas de sus experiencias de viajes. Habían estado en países tan lejanos como Japón o las Islas Mauricio. Las anécdotas eran cuantiosas.

Me quedé en la casa de Roberto tres noches, aprovechando al máximo el tiempo para conocer la ciudad y hablar con algunos de sus amigos. La segunda noche tomamos unas cervezas con una pareja, quienes tenían un negocio de lo más original y cuya idea me pareció excelente: vender productos como leche, detergente, aceite… en envases completamente reciclados y respetuosos con el medio ambiente. Además para abaratar costes, lo vendían en grandes cantidades. Un buen nicho de mercado que todavía no está explotado, mucho menos en España donde no hay demasiada cultura del reciclaje.

Me gustó conocer a Roberto y sus amigos. La ciudad de Torino y caminar por las calles escuchando diferentes idiomas, hasta el punto de chocarme con un hombre y pedirle disculpas en italiano y que él me respondiese en español 100% cubano. Me pasé media tarde hablando con él, se llamaba Antonio y llevaba muchos años en Europa.

El 5 de mayo me fui a Génova, mi tren salía a las 18:00 (Fueron 9 euros) y había quedado con otro couchsurfing llamado Stefano. Lo adoré nada más conocerlo porque él no vivía en la ciudad, tenía una casa en medio de las montañas a una hora de Génova. Entonces me dijo que no me preocupase y que él iría a buscarme a la estación, a esa hora ya no quedaban autobuses hasta Gattorna. Pero esa es otra aventura que contaré a parte.

¡Hasta pronto!

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