Mi experiencia como aupair en Italia

La experiencia como aupair no resultó ser exactamente lo que quería. Volví a caer en idealizaciones y pretendía que todo fuese perfecto. Obvio nada en la vida lo es, me dejé llevar por la ingenuidad que me caracteriza. Sin embargo, el balance ha sido positivo. Hubo días aburridos, extraños, buenos, graciosos… no me cabe duda de que he aprendido muchas cosas. He puesto mis pies en lugares que ni siquiera sabía situar en un mapa, paisajes hermosos rodeados de montañas y las cumbres nevadas. Le he sacado partido a mi réflex, la he manoseado durante semanas y mi mirada se ha fijado en muchos pequeños detalles: un horario muy raro de biblioteca, los saludos de todos los vecinos, conductores temerarios en las calles, la absoluta tranquilidad de un pueblo, la mezcla de idiomas en las calles demostrando que es un destino de las guías de viajes, las conversaciones de cinco minutos por haber sacado a pasear al perro, los miles de nombres para designar los tipos de queso o la pasta…

Pero vamos por partes. En esta ocasión decidí irme a Italia, a un pequeño pueblo perdido en medio de el Valle de Aosta (No sólo existe Roma). Courmayeur me gustó, Los Alpes me recordaron a Chile y los maravillosos Andes. Me sentía como Heidi, sin civilización a la vista y en plena naturaleza. La familia la elegí a través de la página: aupair world. Ellos eran una pareja joven, él de Bosnia y ella de Italia, y con una hija de cuatro años con cara simpática. Ambos trabajaban en el sector de la hostelería, desde luego no pasé hambre en esa casa. Las horas y el salario eran justos. Concerté una entrevista por Skype con la madre y todo correcto, una conversación amena y en inglés. No había mucho más que pensar, era el Valle de Aosta. No dudé en contestar un rotundo: ´´sí, acepto´´.

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Courmayeur
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Valle de Aosta

Con un mes de antelación compré un billete de avión para Torino (Dale al siguiente enlace: Paseando por Torino), previa escala en Barcelona. ¡Gracias Ryanair por existir!. Por casualidad había alojado en mi casa de Galicia a un couchsurfing, erasmus francés que estaba estudiando en Barcelona por seis meses: Couchsurfing en Galicia. Hospedando a un francés. Fue la primera vez que alguien de la página vino al piso de mis padres, mi madre estaba un poco nerviosa porque no sabe hablar francés y quería que se encontrase a gusto con nosotros. Fue un favor por otro. Guardo algunas anécdotas, por ejemplo cenamos corazón de vaca por recomendación de una amiga suya catalana. Sobrevivimos. La conclusión a la que llegué ese día, 12 de abril, fue que es maravilloso tener amigos desperdigados por el mundo, siempre te pueden echar una mano y ayudarte cuando lo necesitas.

Una visita express a una ciudad tan bonita como Barcelona. Amaurry vivía con otros chicos franceses en pleno centro, en un lugar privilegiado como es el Barrio Gótico. Por la mañana temprano me despedí de ellos, con otro momento gracioso: la confusión a la hora de despedirte de un extranjero. Dar la mano, dos besos, uno… siempre me hago un lío.

Me confundí y fui a la terminal 1 y no la 2. Al bajar pregunté a varias personas para ir en el autobús del aeropuerto sin volver a pagar esa tarifa tan abusiva. Tardé diez minutos en dar con la parada, no me sobraba el tiempo pero intentaba no perder los nervios. El vuelo salió a su hora, saqué una revista de crucigramas que había comprado cuan abuela y me entretuve durante la escasa hora de trayecto. Ver un pedacito de Los Alpes desde el aire fue de mi agrado. Bueno, pues ahí estaba, a 1.200 km de mi casa y buscando una wifi para avisar a mi familia de Galicia que estaba bien y a mi familia de acogida que había llegado. Pagué de nuevo un precio desorbitado para ir al centro de la ciudad en autobús y comencé a escuchar las primeras frases en italiano. No entendía demasiada, por no decir que nada.

La mochila y yo visitamos la ciudad, llegué a la una y hasta las seis no saldría mi autobús con destino a Aosta. El billete lo había comprado ya en España, buscando en Google en italiano, de este modo solo pagué cinco euros por haber pagado online tres días antes. Hay que buscar las ofertas hasta debajo de las piedras. Lo cierto es que no disfruté del todo mi primer contacto con Torino, las calles las veía bonitas, con muchas plazas y zonas verdes… pero me encontraba muy cansada por todo el viaje. Agoté las provisiones de comida que llevaba en mi mochila desde España, cortesía de un supermercado Día.

Tras la larga espera y los nervios de no saber qué me deparaba el futuro, llegó la hora de coger mi autobús. Hice el intento de hablar en italiano para preguntar por la parada, no salía desde el andén de una estación, y no me di por vencida hasta que alguien me explicó bien dónde era y por cierto empleando mucho las manos como casi todos los italianos. Perfecto, caminé rápido varias manzanas y llegué media hora antes de la salida.

El autobús ya estaba estacionado pero el conductor no me permitía entrar, así que me senté junto a unas señoras en un banco cercano. No me gustaba su conversación sobre las suegras que el dichoso destino les había dado o lo inútiles que eran sus maridos, no entendía todo, pero lo que comprendía no me interesaba en lo más mínimo y no podía abstraerme porque estaban taladrando mis oídos. El conductor debió de verme la cara y de pronto abrió la puerta, desde su asiento me empezó a gritar. En el momento pensé que había hecho algo indebido, me levanté y pregunté con una sonrisa qué quería. Su respuesta fue chistosa: ´´Soy tu salvador, esas señoras te estaban volviendo locas.´´ Mi primera anécdota en el país de la bota.

Después de dos horas viendo montañas a través de una ventanilla y viendo que el sol se marchaba, llegué a Aosta. Estaba sola en una pequeña estación de autobuses, la familia no estaba y las taquillas ya habían cerrado. Le había mandado sms a la madre indicando mi paradero, pero mi tarjeta era española y no podía enviarlos y tampoco había wifi. Esperé 40 minutos, no aparecía nadie, por lo que decidí ir directamente a Courmayeur. Si la madre estaba en el coche de camino a Aosta, le pediría disculpas, pero no me gustaba la idea de pasar la noche en un banco y ella sabía la hora de mi llegada porque le había enseñado el billete. Pregunté a una empleada de la limpieza y me indicó el horario de autobuses, el último era a las 20:45 y lo pillé justo. Iba a tardar otra hora más, la batería de mi ipod se agotaba y yo estaba nerviosa porque no sabía si alguien me recogería en Courmayeur. Solo sabía el nombre de la familia, no la dirección de la casa.

Llegué, no había nadie esperándome y tampoco señal de wifi. Utilicé el sistema antiguo y llamé por teléfono desde una cabina. Hablé inglés y la madre me fue a buscar, quien daba por hecho que llegaría sola a la casa pero no se había dado cuenta de que no sabía la dirección. Durante los primeros minutos no sabía qué decir, estábamos en un coche y ninguna hablaba. Cuando me preguntaba cosas en inglés, no podía comprenderla con claridad porque tenía un acento muy marcado. Por momentos no tenía claro si usaba el inglés o el italiano. Pero asentía y sonreía para salir del paso.

Llegamos a la casa, una construcción clásica de piedra y madera. Estaban sorprendidos de que solo viajase con una mochila, la anterior aupair apareció en su casa con cinco grandes maletas. He viajado lo suficiente como para saber que andar con 20 kilos encima no es algo agradable, prefiero repetir la ropa hasta desgastarla que destrozarme la espalda. En todo el mundo existen las lavadoras, es absurdo decir que necesitas ochenta modelos. La última vez que viajé con una gran maleta, no fue una buena idea: Mi llegada a Londres.

 Dejé mis pocas pertenencias en una habitación con un sofá-cama. Saludé dando la mano a su marido bosnio, quien me sacaba tres cabezas y era muy delgado, y conocí a la pequeña Nicole que ya estaba en su casa preparada para dormir. Me duché, algo que agradecí mucho porque apestaba. Y nos fuimos a dormir, a partir de ese día tendría que adaptarme al horario europeo. Lo último que hice fue poner cuatro alarmas en mi móvil: 7:00, 7:02, 7:04 y 7:06. Me metí bajo las sábanas y tardé unos segundos en quedar completamente dormida.

La primera jornada es siempre la más dura, se avecinaban muchos cambios de repente. La niña debía adaptarse a mis ritmos y yo a los de ella, aumentando la dificultad debido a la diferencia de idiomas. El padre me enseñó cuál solía ser el desayuno, la ropa del colegio, sus peinados favoritos, la parada del autobús para la escuela… a las 8:10 la niña ya se había ido. La madre comenzaba a trabajar a las 10:00, fui con ella en el coche y me dejó a los pies del Monte Blanc, el pico más alto de toda Europa. Impresionante, esa maravilla estaba a 3 kilómetros de mi casa. Regresé caminando, disfrutando de las vistas y sacando mis primeras fotos. La dirección la llevaba en el bolsillo y pregunté a varias personas para llegar, entendía más o menos pero hablar  correctamente era imposible.

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Las vistas desde mi ventana

Los primeros días, los padres me iban dando indicaciones de todo y fuimos juntos a algunos lugares: el supermercado, una granja cercana, un bar en el centro… Nicole y yo necesitábamos tiempo para compaginar, pero por supuesto una niña siempre prefiere la compañía de sus padres y no la de una extraña. Fui a comprar una tarjeta de teléfono italiana, sola, no sé cómo lo hice pero al final el señor de la tienda me entendió. Pagué 10 euros y después en un kiosko otros 10 para tener 3g. Esos gastos le correspondían a la familia y no dudé en pedirle el dinero a la madre, aunque me dio un poco de vergüenza sacar ese tema de conversación. Fue legal y me lo devolvió. No podía vivir sin internet, en la casa no había wifi. Comencé a sentirme un poco acosada por whatsapp porque la madre me hacía muchas preguntas cuando yo estaba con la niña, imagino que será más o menos normal esa preocupación. Pasó la primera semana: pataletas, llantos, gritos, alguna patada… Lo típico de una niña de cuatro años que ha cambiado tres veces de aupair: una croata, una italiana y ahora una española. La pobre debía de estar muy confusa.

El padre estaba en el hospital, le operaron de no sé qué cosa, por lo que hice más horas de las que me correspondían. No había una rutina fija, lo cual era un inconveniente porque el idioma ya era difícil y encima cada mañana descubría cuáles eran mis obligaciones para esa jornada. Un completo lío que terminó cinco días después cuando el padre regresó del hospital, cambiando también el ambiente que era un poco tenso ya que la madre estaba preocupada por el marido (lógico).

Durante todo ese tiempo estuve sola, mi única amiga era una perra de raza labrador llamada India. Estaba bien acompañada porque era simplemente adorable. No podía socializar en mi idioma, empleaba el inglés y el poco italiano que recordaba de series que veía en mi adolescencia en una etapa en la que odiaba el inglés por culpa de una nefasta profesora. Creía que con haber visto El Padrino y La vida es bella, comprendería todo y en un par de días sería bilingüe. El proceso no fue tan sencillo, puesto que muchas palabras no se parecen en absoluta al español.  Burro en italiano es mantequilla. Pero los gestos son un lenguaje universal y esperaba que la familia tuviese paciencia y me diese tiempo para aprender, la actitud ya la tenía.

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India

Pero todo cambió después de que el padre regresase del hospital. De repente la madre me explicó que el marido cambiaría de empleo después de la baja, por lo que en mayo era posible que no necesitasen aupair. Datos que hábilmente se guardaron antes que yo pusiese un pie en Italia, no me habían hablado de esas circunstancias, solo que su marido sería operado. Estaba muy preocupada, confusa y obvio triste. Existía la posibilidad de que tras una semana trabajando, me quedase sin trabajo y en la calle en un país desconocido para mí. No es muy honrado dar tu palabra y después modificar todo, todo se puede hablar y siempre hay soluciones pero como se suele decir: ´´al pan, pan y al vino, vino´´.

La segunda semana el padre me ayudó con la niña, ella lloraba y no entendía cuál era la razón por la que una extraña se ocupaba de ella y no su padre que estaba sentado en el sofá. Yo me encargaba del desayuno, llevarla a la parada del autobús para el colegio, lavar la ropa… Incluso cosas que nada tienen que ver con las tareas de la aupair como es aspirar un coche, nada es perfecto. Se supone que la aupair es parte de la familia, un intercambio cultural, pero ello requiere tiempo y a veces es confusa la línea que separa lo justo de lo abusivo. Por mi parte, siempre con educación, hablé de mis expectativas y lo que pretendía que me aportase ser aupair.

Un par de días más tarde, no recuerdo exactamente cuándo, la madre me dijo que el padre sí estaría de baja y que en mayo no necesitarían a nadie. Me aclaró que no era una situación idónea para ellos porque no le gustaban los cambios con respecto a su hija, que tendrían que buscar a otra chica, que su marido llevaba toda la vida trabajando y le parecía un aburrimiento estar reposando en el sofá… pero en definitiva, tenía que buscarme la vida en mayo y en un plazo mínimo. Mi idea era trabajar desde mediados de abril hasta septiembre, regresando a España una semana en junio para poder hacer mis exámenes ya que este año estoy en la universidad ´´no presencial´´. No me servía de nada la tristeza o enfadarme, debía reflexionar sobre lo que haría y contaba con el sueldo de dos semanas (que no fue lo acordado porque la madre comenzó a ´´negociar´´diciendo que en realidad la segunda semana yo había hecho ´´poco´´). Ser aupair es la lotería: sale bien o mal. Pero mi balance ha sido positivo, he aprendido mucho de esta experiencia y he confirmado otra vez más que sé buscarme la vida, que no se pueden perder los nervios, que todas estas cosas te hacen madurar y que mirar atrás nunca es una opción.

Decidí entonces emplear el dinero ganado en algo que me hacía verdaderamente feliz: viajar. Mi presupuesto era mínimo. Busqué en Ryanair y decidí que la compañía eligiese mis destinos, confiaba en el azar: Rumanía, Moldavia, Grecia y el norte de Italia. Pero de esta aventura hablaré en otra ocasión…

 

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