Génova y Gattorna

Génova, la ciudad natal del personaje principal de uno de los dibujos animados más mediáticos de las últimas décadas: Marco. Obvio yo nací mucho después de la emisión de esta serie, exactamente en 1994, pero mi madre (nacida a finales de los años 60) se encargó de que sus dos hijos viésemos: Heidi, Marco y Mazinger Z. Por lo cual, en muchas ocasiones relaciono paisajes, ciudades o países con personajes que he visto en la televisión cuando era una niña. Cuando estaba en Courmayeur, a los pies de los Alpes, me sentía como la pequeña Heidi en medio de las montañas aunque ella estaba al otro lado puesto que vivía en Suiza. Y sí, cuando vi la oportunidad de visitar Génova lo primero que dije fue un comentario infantil: ´´Oh, voy a poder caminar por las mismas calles que Marco y ver el puerto donde se despidió de su mamá´´. Laura, sí, despierta, es ficción. Aunque lo cierto es que no me disgustaría hacer lo mismo que él y terminar en Argentina.

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Stefano, mi couch en Gattorna

Esas fueron mis ridículas razones por las que decidí visitar esta ciudad, además de que su casco histórico tiene fama en toda Europa. Pero seamos sinceros, mi primera referencia con respecto a este lugar era el majo de Marco. Fueron dos horas de tren desde Torino, pero había enchufes y fui muy feliz. Llegamos puntuales y me dirigí a un aparcamiento situado en la parte de atrás de la estación. Stefano, mi host en couchsurfing, me esperaría ahí. No lo veía, a mi alrededor solo había gente de mi edad haciendo botellón y casi no había luz de las farolas. Empecé a ponerme nerviosa, pensando que quizás me había confundido en algo y no tenía internet para hablar por whatsapp. A los diez minutos se me acercó un hombre y recordé su cara por las fotos de couchsurfing. Me ayudó a quitarme la mochila y nos subimos a su furgoneta.

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Gattorna, donde vivía Stefano

Su acento hablando inglés era el mejor que había escuchado hasta ese momento, los otros italianos con los que había tenido trato hablaban con un acento muy marcado. Hay de todo. Al final tardamos más de una hora en llegar a la casa, de casualidad nos encontramos con un accidente y debimos esperar. Pero él era muy simpático y hablaba bastante. Al salir de la ciudad la situación fue un poco surrealista, de pronto me vi en medio del monte en un país extranjero subida en el coche de un desconocido. No hacíamos más que subir y subir una montaña, hasta vimos unos ciervos en la carretera y no pude evitar gritar: ´´¡¡Oh, Bambi!!´´. Stefano se mató de risa y a mí me dio vergüenza mis ataques de niña pequeña.

De pronto el coche se paró, no había luces en la carretera y me dijo que bajase porque habíamos llegado. Debo admitir que me puse nerviosa, estaba en medio de la montaña sin teléfono, sin luz, con un tipo que acaba de conocer… intenté mantener la calma, qué me iba a pasar. Dejé que él fuese primero e iba alumbrando el camino con una pequeña linterna, y sí, había una casa rústica al lado. Me dio rabia haber pensado mal por un momento, todo por culpa de todas las advertencias y los mensajes con los que nos bombardean a través de la televisión. Nos educan para tener miedo de la gente, nos dicen que no podemos hablar con extraños y que siempre debemos estar alerta. Yo creo que con el sentido común basta, hay malas personas en todo el planeta, a trescientos kilómetros y al lado de tu casa, pero si algo he aprendido viajando es que la mayoría son buenos y están dispuestos a echarte una mano cuando lo necesitas.

Lo bonito de recorrer países, en mi opinión, no es fotografiar iconos turísticos o lindos paisajes; lo mejor de viajar es poder compartir tu experiencia con otras personas y mejor si es con gente local. Mezclarse con su cultura, dejar de lado los juicios de valor y por supuesto las ideas preconcebidas y aprender, porque todos pueden aportarte algo. Si vas sola con la mochila, sí, te arriesgas a que te pasen cosas malas, pero también corría peligro en Madrid cuando estudiaba porque el patriarcado (el machismo) es una lacra que ha contaminado todo el planeta. Así que no me voy a quedar inmóvil en mi casa por temor que alguien me haga daño, e intento siempre no hacer caso a los comentarios repletos de prejuicios de algunas personas. Pero sí, como socióloga sé que jamás podré ser imparcial y que después de haberme pasado toda la vida mascando esa información errónea, en algunas ocasiones sí estaré alerta cuando realmente no haya motivos para estarlo.

Stefano tenía una casa preciosa, tradicional y construida con piedras y madera. Me recordó mucho a mi querida Galicia. Los padres de mis abuelos construyeron una casa en medio de una aldea de Galicia, en la provincia de Pontevedra, con tan solo la ayuda de los vecinos y nada de dinero. Las piedras las sacaban del río al igual que el barro y llevaban todo en un carro tirado por unas vacas, mi abuela con tan solo siete años ya ayudaba en este tipo de tareas. Es curioso encontrarme algo parecido (salvando las distancias) en medio de Italia, cuando a mi cabeza solo venían imágenes de Roma, El Padrino, Gramsci… el Piamonte y la región de Génova, estaban derribando todos mis prejuicios y generalizaciones con respecto al país de la bota.

Hablé mucho con Stefano, sobre diversos temas, desde política a comida. Y me dio a probar un vino, al igual que Roberto, cuyo nombre no recuerdo pero estaba delicioso. Jamás pensé que me gustaría el vino, cuando me lo ofrecían en mi casa siempre lo rechazaba a pesar de que mi abuelo es un gran aficionado e incluso lo elaboraba él mismo. Tuve que ir hasta San Rafael (Mendoza, Argentina) para apreciarlo. Me pasó algo similar con el café, cuando me fui de mochila por Latinoamérica la mayoría de los desayunos de los hostels eran café con otras cosas. Ya que estaba incluido en el precio de la habitación, no me sobraba el dinero y tenía que comer, me obligué a que me gustase y ahora no me separo de la cafetera.

Al día siguiente, el 6 de mayo, Stefano me llevó en coche hasta la parada del autobús y me indicó que debía bajar en la Plaza Victoria. Mientras esperaba, conocí a un señor italiano muy amable que me contó algunas cosas sobre Génova y estaba completamente seguro de que me gustaría la ciudad. Esa misma persona le indicó al conductor mi parada y que no hablaba el idioma, pagué 3,50 euros. En una hora llegué a la civilización, me puse un poco nerviosa porque no tenía ningún mapa y tuve que elegir qué dirección tomar. Después me hizo gracia porque la gracia de viajar supongo que es perderse y descubrir un nuevo lugar.

Las calles estaban abarrotadas de gente, cargados con bolsas de marcas que yo conocía o con tanta prisa que se habían olvidado de la educación y te empujaban. Lo primero que hice fue entrar en un Mcdonalls, mi intención desde luego no era comer allí teniendo en cuenta que soy vegetariana, tan solo quería echarle morro e ir al baño y usar por un rato la wifi para centrarme en qué parte de Géneva me situaba en ese momento. Misión cumplida, me estaba dirigiendo al centro histórico. Todas las ciudades italianas tienen plazas, normalmente con fuentes y en las cuales transitan muchas personas locales y desde luego numerosos turistas. Courmayeur y los pueblos de alrededor no se parecían a este ambiente, el estrés de la ciudad.

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Me metí por calles estrechas, donde decidí apagar mi ipod y escuchar algo de italiano. Ilusa, lo que más escuché fue inglés con diferentes acentos. Pronto llegué al puerto, el famoso puerto del que supuestamente había partido la madre de Marco hacia Argentina. No tenía nada de especial, lo interesante de Génova es su casco histórico y las grandes dimensiones del mismo. Sus estrechas vías laberínticas, las tiendas tradicionales mezcladas con los puestos de suveniers, los barrios diferenciados por nacionalidades y posiciones económicas (donde a medio día puedes encontrarte a un grupo de jóvenes rezando en dirección a La Meca, poniendo una alfombra en medio de la calle). Me hice con un mapa de Génova, la ciudad era muy grande y seguía haciéndome gracia los nombres de la calles: Antonio Gramsci, para un sociólogo de formación es llamativo.

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A las seis de la tardé cogí el último autobús que había para Gattorna, una señora me indicó con su pobre inglés que debía pagar en una máquina azul. Durante el trayecto le pregunté a varias personas cuál era mi parada. Cuando bajé quedaba un rato para que llegase Stefano y me fui a dar una vuelta por el pueblo mientras merendaba fruta que había comprado en un mercado de la ciudad. Donde por cierto, al pagar sin querer me cayó el teléfono móvil y no me di cuenta, hasta que una señora italiana me lo devolvió. No deberíamos tener tanto miedo de las personas, la mayoría tienen bondad.

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Cuando Stefano vino a buscarme, pasamos por una pizzería y eligió una para vegetarianos. No sabría decir exactamente qué llevaba, pero estaba deliciosa. Me invitó y fuimos a devorar la comida a la casa, en compañía del gato. En un principio Stefano no hablaba demasiado, pero después ya nos teníamos confianza. La verdad es que estaba muerta de cansancio y me fui a dormir rápido, aunque antes él me mostró los autobuses que había a la ciudad. Había comprado mi billete para Forli, cerca de Bolonia, donde estaba viviendo mi mejor amigo de la universidad. Decidió estudiar este año como Erasmus en la Universidad de Bolonia, pero la facultad estaba en un ´´pueblo´´ como lo denominaba este madrileño. Desde luego, yo me crié en un sitio bastante más pequeño y rodeada de campo.

Tuve que madrugar, no había autobuses con mucha frecuencia. Stefano me tenía preparado el desayuno sobre la mesa: cereales, café recién hecho, galletas… Simplemente, adorable. Me llevó en coche hasta la parada del autobús, donde nos hicimos una foto y él me pidió que le dijese alguna expresión en gallego. Al parecer le gustaba anotar en una libreta expresiones en otros idiomas, en especial aquellos que dominaban los couchsurfing que se dejaban caer por su casa. A esas horas de la mañana me costaba pensar, pero le dije una en honor a mi abuela: ´´Escapa cancela que che fendo´´. Todo niño cuya infancia tuvo lugar en Galicia, entenderá esta frase y recordará alguna trastada (travesura).

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