Bolonia, Forlí y Rímini

Me despedí de Stefano, me llevó en coche hasta la parada del autobús en Gattorna. Tardé una hora en llegar al centro de Génova. Estuve dos horas esperando en la estación de trenes de Génova y el viaje serían otras seis. Tuve tiempo suficiente para comprar algo de comer y beber en una tienda cercana, donde estuve hablando un rato con la dependienta con mi pobre italiano.

Mi tren no tenía enchufes ni baño. Uno de los baños estaba cerrado y el otro tenía la puerta medio abierta y no se podía cerrar bien, afortunadamente soy delgada y pude meterme igual, una señora francesa no tuvo la misma suerte. Fue el tren más caro, 25 euros, y el peor de todos. Sin embargo estaba más que feliz, iba a ver a mi mejor amigo de Madrid a quien no le veía la cara desde septiembre, cuando hice escala en la capital para irme a Rabat (Marruecos). Echaba de menos hablar tonterías con él y reírnos de las cosas más absurdas.

Primero tuve que llegar hasta una estación llamada: Piacienta, que llegué en un par de horas. Y después ya directos a Forlí, debiendo esperar una hora allí a que llegase el otro tren. Cuando llegó subí al mismo tiempo que unos adolescentes, cuya actitud no me gustó en absoluto. Estaba de espaldas y me sacaron una foto, pensaron que no entendía italiano y empezaron a decir cosas un poco ofensivas. Me giré y le dije al que estaba abriendo la bocaza: ´´No tienes nada que hacer conmigo porque a mí me gustan los hombres, no los niños´´ (en italiano-español). Quedó rojo como un tomate. No entiendo cómo es posible que sean así de cretinos ya desde temprana edad, asco de patriarcado. Lo que queremos las mujeres es que nos respeten, no que nos tomen simplemente por pedazos de carne. Una mujer que viaja sola no es una invitación a nada. Si algún tipo quiere ligar conmigo tendrá que empezar por hablar de igual a igual.

Llegué a Forlí, estaba ya cansada de tanto viaje y quería ver a mi amigo. Como buen madrileño, llegó tarde y eso que iba en bicicleta, en Italia es muy común que todo el mundo las utilice y a diferencia de Galicia… ¡¡aquí todo es plano!!. Fue extraño volver a vernos en otro país, en esas circunstancias y después de tanto tiempo, pero fueron unos días muy divertidos. Una de las cosas más surrealistas es que fuimos a tomar algo con unos amigos suyos y allí conocí a otros gallegos. ¡Anda qué casualidad! y magia… eran de mi pueblo, uno un par de años más joven y otro un poco mayor que yo pero había nacido en Vilagarcía. Imposible, estar en medio de otro país y justo ponerte a hablar con el vecino. Lo lógico hubiese sido tener esa conversación nuestro pueblo de 3000 habitantes.

Aproveché también para conocer Rímini mientras mi amigo estaba en clase. Estuve en Forlí hasta el martes, diez de mayo, cuando me fui en tren hasta Bolonia porque a las siete de la mañana del 11 de mayo, tenía mi vuelo a Bucarest. Sí, dormiría en el aeropuerto como buena mochilera pobre. La aventura continuaba y en Europa del Este, donde jamás en mi vida había puesto un pie.

 

 

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Rimini

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