Mi llegada a Moldavia desde Brasov

Ya lo había adelantado, mi llegada a Moldavia fue una de las cosas más surrealistas que me pasaron en mi viaje. Después del mal entendido con mi host de Brasov, salí de su casa con mi mochila y todas mis cosas: Brasov. Caminé hasta la estación de tren, lugar donde sabía que tendría wifi. Allí me informé bien de la hora a la que saldría mi autobús y el lugar, el mismo del que había salido mi autobús para Bran. Era medio día, tenía que esperar hasta las 21:00.

Aproveché para pasear, comer de supermercado, escribir y leer. A las seis de la tarde comencé a caminar hasta la estación de autobuses, no estaba precisamente cerca del centro pero no quería pagar el autobús y mucho menos un taxi. A las 19:30 llegué, caminaba más lento con el peso de la mochila y no tenía claro dónde estaba. Por el camino pregunté a varias personas, quienes no entendían inglés, pero hicieron el esfuerzo de entenderme y ayudarme en todo lo que pudieron. Lo importante es que había llegado.

Esperé hasta las ocho y después comencé a dudar de si estaba en el lugar correcto o no, en internet ponía que era la estación 1 y yo me encontraba en la 2. No me lo podía creer, no acababa de entender cuál era la razón por la que no me había fijado antes. No había nadie en la taquilla, empecé a ponerme nerviosa, hablé con el señor que parecía el encargado pero no hablaba nada en inglés. Me afirmó que estaba en el lugar correcto, pero no sabía qué pensar porque no tenía claro si me había comprendido. Decidí probar hablando con otros señores, quienes dijeron que debía ir a la otra estación.

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Brasov

Me fui en taxi, no tenía más opciones, faltaba menos de una hora para que saliese mi autobús. El taxista me confirmó que allí no era el autobús. Llegué a la otra estación de autobuses, pegada a la de tren y por lo tanto había caminado varios kilómetros para nada. En ninguna de las dársenas aparecía Moldavia, aquello parecía de locos. ¿Cómo era posible que no estuviese indicado? Comencé a descartar la idea de conocer el país vecino y me enfadé conmigo mismo por no haberme informado mejor, no tenía habitación esa noche y no me apetecía gastar más dinero.

Pregunté a todo el mundo y lo único que hacían era pasarme de un lado para el otro, nadie podía hablar inglés y si lo hacían era con un nivel muy bajo. Intenté no perder los nervios, alguna solución habría, en peores situaciones me había visto. No me quedaba tiempo, al parecer el autobús salía desde la otra estación y el taxista me había tomado el pelo. Me había quitado 1,5 euros, desde luego que hay que ser bastante mala persona para aprovecharse así de un extranjero. Me puse a hablar con una chica de un kiosko, casi no sabía inglés pero se esforzó en indicarme, escribió en un papel la dirección de la otra estación y buscó en internet. Efectivamente en la página estaba mal indicado. De pronto me vi rodeada de gente, nadie hablaba mi idioma pero todos trataban de ayudarme. Pero realmente nadie me aclaraba nada, estaba casi sin dinero (solo para mi pasaje a Chisinau) y mi autobús saldría en breves desde el otro lado de la ciudad.

Una de las señoras que estaba en aquel corrillo, quien no hablaba mi idioma, me dio la mano y me llevó a la estación de trenes. Una empleada me dijo que tenía que ir a la otra estación, pregunté qué trenes salían en las próximas horas y todos volvían a Bucarest. Todo se estaba complicando. A la señora rumana, cabreada porque en internet estaba mal indicado, me hizo señas para que la siguiese y le explicó mi situación a la policía. Un joven policía sacó el teléfono y con el traductor de google le expliqué que quería ir a Chisinau. Me preguntaron si tenía dinero para un hotel, dormir por esa zona era muy peligroso. Aclaré que solo tenía para el autobús, que necesitaba irme a Moldavia y nadie me daba una solución, en la estación todos me mareaban. Faltaban cinco minutos para las nueve. Un policía me hizo señas y se puso a hablar con el empleado de la estación de autobuses, quien antes había sido un borde conmigo, pero al parecer ante la policía cambió sus modales. Aseguró que ese autobús saldría de la otra estación. 

Puse la mejor de mis sonrisas y le dije al policía joven, el único que sabía algo de inglés y tenía un móvil en la mano, que necesitaba que me llevasen. La solución que me proponían era dormir en la comisaría, pero yo quería irme ya de ese país. Funcionó, también gracias a aquella bendita mujer rumana, me llevaron en un coche de policía hasta la estación correcta. Saltándose todos los semáforos, poniendo las sirenas, haciendo todas las gañanadas habidas y por haber… lo importante es que llegamos en diez minutos. El policía preguntó cuál era la dársena, con un gesto enfadado, me hizo señas y me plantó en la parada. Con su escaso inglés me dijo que mi autobús salía a las 21:30, que tenía que esperar ahí y me pidió disculpas por la otra gente que simplemente quería quitarme dinero. Estaba tan agradecida que hasta le di un abrazo, él se empezó a reír y me tocó en la cabeza en señal de cariño (medía dos metros).

Cuando se fue todos me estaban mirando, imagino que llegar en un coche de policía no es la mejor de las presentaciones. No entendía qué había pasado en la última hora, pasando del cabreo a la más absoluta felicidad. Ya no me fiaba de nada ni de nadie, había un chico ahí esperando, le pregunté si aquella era la parada. No hablaba inglés pero con señas me lo confirmó. Se llamaba Tudor, era de Moldavia y hablaba: rumano, moldavo, ruso y cuatro palabras en inglés y español. De hecho sabía más español que inglés, me resultó muy extraño.

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