Ungheni, conociendo una familia de Moldavia

Estaba de camino a Chisinau, junto a mi recién amigo Tudor: Mi llegada a Moldavia desde Brasov. No tenía forma de comunicarme con él, ni un solo idioma en común, pero al final conseguimos tener una conversación. Me ayudó con la mochila cuando llegó nuestro autobús. Estábamos a punto de subir y una rueda se rompió, tuvieron que cambiarla cuatro hombres que hablaban una lengua que no entendía, Tudor me aclaró que era ruso. Hasta ese momento no me había dado cuenta de la gran influencia de Rusia sobre Moldavia después de décadas en la Unión Soviética, me encantaba la idea de irme a un país donde nadie hablaría mi mismo idioma aunque después no me entendiesen. Hicimos una fila para pagar los billetes de autobús (70 lei) y que revisasen nuestros pasaportes. El conductor me hizo algunas preguntas, primero en ruso y después en rumano. Tudor respondió por mí, definitivamente él sería mi traductor.

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Marina, mi amiga moldava

Nos esperaban 11 horas de viaje y lo que tardásemos en el control de inmigración. Todos eran rumanos, moldavos o rusos. Ni un solo mochilero y mucho menos algún español. Me encantó, por fin me había alejado del ambiente turístico. Puse atención para intentar comprender algo, escuchaba palabras en otros idiomas que no podía entender. Tudor tenía un año menos que yo y trabajaba en Moldavia y Rumanía en una cadena de hoteles. Estaba acostumbrado a ese viaje, cada poco tiempo tenía que desplazarse. No hablábamos el mismo idioma, pero nos reímos durante horas. Compartió su cena conmigo, yo le di algo de pan porque era lo único que tenía e intentó enseñarme algo de ruso. Nos quedamos dormidos, apoyados el uno en el otro porque aquellos asientos no eran demasiado cómodos. En el control de inmigración Tudor volvió a hacerme de traductor y aclaró que era turista, unos minutos después tenía en mi pasaporte otro sellito.

En algún momento Tudor comenzó a hablar con una chica que estaba sentada delante nuestra, en realidad se había sentado en mi asiento pero ella se cambió para que nosotros pudiésemos ir juntos. Se llamaba Marina y era de Moldavia, hablaba: rumano, moldavo, ruso, francés, algo de alemán y un poco de ucraniano. Impresionante, pero no coincidíamos en ningún idioma. Tenía 20 años y había estudiado contabilidad en su país, pero había trabajado en Rumanía, Rusia y Alemania. Me pasó lo mismo que con Tudor, nos entendíamos con gestos y con sonrisas. Muy surrealista y más cuando estás sin dormir. Esa es la magia de viajar, no importa de dónde seas o qué idioma hables, hacer amigos y que te arropen es muy sencillo. Sólo hay que ir con la disposición de conocer a locales, no viajar con los cascos y olvidarse del mundo exterior.

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Paseando con Marina por Ungheni

Marina me propuso conocer su pueblo, a un par de horas de la capital. Le dije que sí, no iba a perder la oportunidad de hacer nuevas amigas. Como ya he dicho, no teníamos forma de hablar el mismo idioma así que solo hacíamos gestos. La imagen era muy graciosa, medio autobús hablando conmigo y yo solo podía reírme. Marina avisó al conductor, quien sabía español porque trabajó un tiempo en Asturias; casualidades de la vida. Bajamos y recogí mi mochila, eran las seis de la mañana y fuimos a su casa para desayunar.

Su casa era muy humilde, pero aquellas paredes estaban inundadas de humanidad y generosidad. El baño estaba situado en un patio trasero, junto a las gallinas al igual que la casa de infancia de mi abuela gallega. De forma muy amable me sirvió el desayuno María, una señora que era como la abuela de Marina, cuyos ingresos eran los modestos precios de los vasos de vodka que servía en un improvisado bar situado en el jardín y la cocina. Saludé a varios hombres del pueblo, quienes me respondían con una sonrisa porque no entendían mi idioma y yo tampoco el suyo.

Al terminar de comer, nos levantamos y Marina me explicó con dificultad que estaba un poco enferma y que podíamos ir al hospital. La acompañé y nos encontramos en la estación de tren con su madre, rubia y con los mismos ojos que su hija. Me dijeron que el padre de Marina se había desentendido y ahora vivía en otro país, un clásico. El hospital conservaba la imagen soviética, medio destartalado y con un instrumental obsoleto. Los pasillos estaban llenos de pacientes y no había asientos para todos, los médicos y el resto del personal iban corriendo de un lugar a otro. Sin embargo, atendieron rápido a Marina y luego fuimos a una farmacia a por los medicamentos. Viajar no solo es visitar los lugares turísticos, en Moldavia estaba aprendiendo a valorar más las cosas y que las personas, aunque tengan poco, pueden dar mucho.

La madre de Marina había estado trabajando toda la noche, pero ahora debía dirigirse a su segundo empleo. No siempre era así, simplemente la habían llamado y ella aceptó porque así ganaría algo de dinero. Todo muy informal, inestable y sin ningún tipo de garantía. La acompañamos a una pizzería de una plaza céntrica, donde trabajaba como limpiadora, y Marina me presentó al hijo de los dueños. Víctor tenía dos años más que yo, es decir, 24 años. Tenía un buen nivel de inglés, le gustaban los idiomas y charlar con gente de otros países. Había estudiado hasta el bachillerato y había renunciado a la universidad para ayudar a sus padres, me comentó que él realmente quería llegar a ser ingeniero. Sin embargo, era consciente del gran esfuerzo que había hecho su familia durante dos generaciones para lograr aquella humilde pizzería. Se reía mientras decía que para una europea como yo, todo sonaría dramático y que aquel negocio era insignificante, pero para ellos lo era todo. Entendía perfectamente sus palabras, no provengo de una familia de alto poder adquisitivo. Víctor me demostró su gran madurez y me hizo pensar en Moldavia y su historia más reciente: la uniformidad soviética y el yugo de una dictadura, frente a la desigualdad social actual y otros problemas que el gobierno parece ignorar.

Me despedí de Víctor con una gran sonrisa, agradeciéndole nuestra profunda conservación mientras tomábamos un café. Con señas, Marina me sugirió que podíamos ver el resto de la ciudad. Me enseñó un parque, su antiguo colegio, un comercio tradicional donde se veían muchos puestos de frutas y verduras… Incluso hubo un episodio en el que pasamos por delante de una obra y unos albañiles nos gritaron cosas en un idioma que no comprendía, el acoso y ser cretino no entiende de fronteras. Marina no quería enseñarme lo más típico y se le ocurrió una gran idea, visitar una fábrica de cerámica de la época soviética. Sí, uno de esos lugares donde los trabajadores trabajan más horas que un reloj a cambio de una miseria, y las cosas que han hecho con sus propias manos son vendidas por el triple.

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Fábrica de Moldavia

Marina negoció durante cinco minutos, en ruso, y finalmente me señaló la puerta de entrada. En aquella fábrica no había ninguna medida de seguridad, los trabajadores no estaban protegidos del ruido, el aire tóxico de los tintes o manipulaban las máquinas sin guantes. No podía parar de mirar hacia todos los lados, sorprendiéndome por todo y sin poder utilizar mi cámara. La mayoría de los empleados eran mujeres, de avanzada edad y cuyas caras estaban envejecidas al igual que sus manos. Marina cumplió la función de traductora lo mejor que pudo, fue divertido vernos haciendo señas y gestos con la cara. La mayoría llevaban media vida trabajando ahí, posiblemente en el mismo puesto. A la que mejor recuerdo es a una mujer de 70 años, de origen rumano y moldavo, que llevaba cuarenta años en esa fábrica haciendo los moldes de los platos, jarrones, vasos… Me despedí de ella estrechándole la mano, lo cual le sorprendió porque hizo un gesto indicándome que tenía sucias las manos, pero yo insistí. Nos miramos e imaginé que lo que se estaba preguntando es qué hacía una española en su puesto de trabajo, intentando hablar con ella. De algún modo espero que esta realidad, la nula seguridad en el trabajo y la precariedad, quede en evidencia a través de las redes y que alguien tome medidas al respecto.

Volvimos a su casa, previa parada en una chocolatería donde Marina me regaló unos bombones. No podía aceptar tanta generosidad, le expliqué que me sentía mal aceptando todo aquello y sin darle nada. Ella me explicó, como pudo, que era feliz ayudándome y que yo sí le había aportado cosas y no materiales. Moldavia me enseñó, o me hizo recordar, que lo más importante no es el dinero sino las personas. Me despedí de Marina y su familia, después de comer porque insistieron en que comiese con ellas, y después fui a la estación de autobuses. Siguiente parada: Chisinau.

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¡Hasta pronto Marina!
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