Chisinau, la capital de Moldavia

Como era de esperar, tampoco sabía nada sobre Chisinau. Era la capital de Moldavia, aquel país que me estaba sorprendiendo con pequeños detalles y que había prejuzgado antes de poner mis pies ahí. Desde luego, aquel país tenía una larga agenda política y debía solucionar numerosos problemas sociales y económicos. Sin embargo, su gente me estaba mostrando una gran calidad humana. Tener poco no implica dar poco. Marina y su familia me lo había demostrado unas horas antes de subir a ese autobús con destino a Chisinau: .

Me esperaban dos horas de trayecto por carreteras llenas de baches y tramos incluso de tierra, lo cual no impidió que me echase una cabezada porque ciertamente estaba agotada. Ningún otro pasajero era turista, mucho menos español y menos todavía gallego. El conductor me sonreía y me señalaba edificios que iban apareciendo en la ruta y algunas montañas lejanas, imagino que me estaría haciendo de ´´guía turístico´´. Marina le había dicho que me avisase al llegar a la estación de Chisinau.

En la capital podía llamar a Tudor y había mantenido el contacto con un couchsurfing de origen turco. Telefoneé a Tudor, me dijo que debía salir hacia otra ciudad y que solo tenía tiempo para ducharse y salir de casa, en teoría volvería a la hora de la cena. Y allí estaba yo, sentada en una estación de autobuses de Chisinau, conectada a internet y pensando qué hacer. Hablé con mi couchsurfing, un turco de mi edad que estaba trabajando en Moldavia como entrenador de kárate, y me fue a buscar. Dejamos mi mochila en su casa, me dejó ducharme y poner una lavadora lo cual le agradecí mucho.

Salimos y me enseñó la ciudad, estaba acostumbrado a visitar Chisinau acompañado de alguien de couchsurfing. Agradecía la compañía porque solo llevaba cuatro meses en ese país, sólo hablaba inglés y no moldavo o ruso por lo que le resultaba complicado hacer amigos de ahí. Las calles estaban descuidadas, sin ningún plan de urbanización y se podía ver grandes bloques de edificios. Me recordó a Bucarest y su tono gris. Me fijé en la gente que veía por la calle, la mayoría rubios y bastante más altos que yo, sus rasgos eran bastante diferentes al sur de Europa.

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Comenzó a llover y aprovechamos para cenar, mi couchsurfing me invitó porque se negó a que yo pagase. Le dije que no era necesario, iba ya a dormir en su casa y me sentaba mal que encima gastase su dinero en mi cena, pero no cedió. Tudor me llamó y me dijo que ya estaba en la ciudad, pero ya había anochecido y tenía todas mis cosas en la casa de mi host. Me resultaba complicado meter todo de nuevo en la mochila. Decidimos usar el Facebook y hablar por el chat usando Google; al final decidimos vernos en Bucarest un día antes de mi viaje a Grecia.

Al día siguiente decidí embarcarme en una nueva aventura, tragarme mis miedos y visitar Transnistria (concretamente Tiráspol). Si quieres leer más, dale solo al siguiente enlace: Mi viaje en el tiempo, regreso al pasado.

Autor: Laura O. Sánchez

(Comarca do Deza, 1994) Socióloga, feminista e inmigrante en Rumanía que aporrea el teclado de Sen Enderezo desde junio del 2014. Nací una tarde de julio soñando con viajar sola por el mundo. La escritura vino más tarde, en 2º de la ESO, cuando Pilar me dejó mi primer libro feminista y creé mi cuarto propio. Ahí empecé a darle a las teclas. Soy una mujer simple: me gusta el café negro sin azúcar, hablar con retranca gallega a 3.600 km y achuchar una perra.

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