Faro; primera vez en la vida que Mara durmió en la calle

Mi querida amiga Mara y yo, no íbamos a pasarnos todo el verano en Galicia haciendo la fotosíntesis. Queríamos ir a alguna parte, lejos o cerca, y disfrutar de las vacaciones y el buen tiempo. Durante semanas buscamos vuelos e hicimos cálculos, como de costumbre, teníamos poco dinero. Al final encontramos unos billetes de avión: Porto-Faro, por 15 euros, y Lisboa-Porto por 11 euros. Perfecto, te queremos Ryanair. La ruta era la siguiente:

Mi regalo de cumpleaños, 12 de julio, fue una tienda de campaña para dos personas. Costó 22,90 euros porque estaba de oferta y pesa 2,2 kilos, cabe perfectamente en mi mochila de 50 litros. Era la primera vez en toda mi vida que iba a viajar con la tienda de campaña a la espalda. Sí que acampé en más ocasiones, pero en un camping y sin moverme del sitio. Todo iba a ser diferente.

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Calles de Faro

Dormimos en Vigo, una ciudad al sur de Galicia donde mis abuelos tienen una casa, y llegamos en autobús hasta Porto. Una de las paradas es el aeropuerto porque muchos gallegos vamos al país vecino para viajar más barato. Nuestro vuelo fue por la noche, la idea era dormir en el aeropuerto de Faro y visitar la ciudad por el día. No empezamos con buen pie, cerraba por la noche y ninguna persona podía quedar a dormir allí. Jamás he visto algo parecido. Llegamos al centro con un autobús urbano y empezamos a buscarnos la vida.

No sabíamos qué hacer, todas las estaciones de autobús o tren estaban cerradas. Todo estaba oscuro y no queríamos salir de la civilización y echar la tienda en cualquier sitio. Era la primera vez en la que nos veíamos en una situación así. Nunca he dormido sola en la calle, en Latinoamérica siempre que lo hice estaba con alguien y en España por ejemplo pasé la noche en un parque de Mallorca con el que era mi novio. Mara durmió en la calle por primera vez en la vida conmigo. Estábamos cabreadas, no era lo que queríamos hacer, pero al final no resultó más que otra anécdota del viaje.

Paseamos por todas partes y dormimos en una plaza del centro, abrazando las mochilas, y la entrada de una casa. A las seis y media de la mañana nos despertaron unos policías, de forma muy amable nos explicaron que no podíamos estar allí. Resulta que estábamos apoyadas sobre la puerta de entrada de una residencia militar, un cartel bien grande lo decía. No lo vimos, por culpa del cansancio no reparamos en él. Nos dio la risa, nos disculpamos y nos fuimos de ahí.

Quizás no vimos lo más interesante, estábamos cansadas, pasar la noche en la calle no ayuda… no nos gustó Faro. No tenía nada en especial, un pueblo grande con plazas y edificios antiguos que no están restaurados. A las ocho de la mañana nos subimos en un autobús urbano y nos fuimos para Albufeira, donde el cuento cambió completamente.

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