Lisboa y Sintra; últimos días en Portugal

Lisboa es una ciudad multicultural. En sus calles se pueden ver a personas de Mozambique, Angola o Brasil. Les une una lengua y un pasado en común, la Colonización. Afortunadamente, los portugueses no pudieron robarles toda su identidad y hoy ambas culturas se han mezclado. Como en todas las grandes ciudades, hay barrios diferenciados por etnias y poderes adquisitivos. Me encantó la parte alta de Lisboa, donde se puede disfrutar de buena música en directo: fado mayoritariamente. O comer en algún restaurante a precios muy económicos. Portugal es un país que hace felices los estómagos de mucha gente.

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Lisboa

Mara y yo estábamos muy contentas y emocionadas; habíamos llegado a Lisboa haciendo autostop. Fabio, un joven sargento de las Forzas Especiais de Portugal, nos dejó a las afueras de la ciudad y fuimos al centro en tren. Aquel día sería recordado como: el día en el que rompimos prejuicios y nos atrevimos a hacer un largo viaje en autostop. En Lisboa íbamos a encontrarnos con un amigo argentino, de Rosario. Por casualidades de la vida trabajaba en un hostel, usó workaway. Tenía muchas historias de viajes: trabajó tres años en Brasil y recorrió gran parte del país. También hizo algunas rutas por Europa y Argentina. No era aburrido escucharle, a mí me daban ganas de viajar más. Dormimos en su hostel, situado cerca de la parada de metro: Parque. Pagamos 16 euros por una habitación compartida con cuatro personas, aunque al final dormimos Mara, un chico de Río de Janeiro y yo. Resultó un poco caro, teniendo en cuenta nuestro presupuesto, pero no planificamos bien la llegaba a Lisboa y no teníamos claro si usaríamos la tienda o no.

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Ponte 25 de abril, Lisboa

Al día siguiente, nos cambiamos de hostel. Estaba cerca de la parada del metro: Anjos, pasamos a pagar 12 euros la noche. Los recepcionistas eran encantadores, siempre tenían buenas palabras y te ayudaban en todo lo que necesitases. Pasamos allí cuatro días, hasta el final de nuestro viaje. Conocimos a unos chicos catalanes, estudiaban Geología y Trabajo Social. Nos dieron parte de su cena: una ensalada muy completa que agradecimos mucho, es maravilloso comer algo saludable cuando estás de viaje. Decidimos visitar Sintra juntos. 

Le preguntamos al recepcionista cuál era la mejor estación de tren para ir a Sintra, nos dijo: Rossio, teniendo en cuenta nuestra ubicación. Si no me equivoco, pagamos 4,60 euros por ser estudiantes: ida y vuelta. El trayecto duró 30 minutos y pudimos hablar sobre muchas cosas, entre ellas, Cataluña y sus deseos de independencia. Un gran debate, valoro mucho la opinión de autóctonos. Además tenían muchos datos sobre las manifestaciones y el ambiente político, eran de Barcelona. La llegada a Sintra fue un poco caótica, muchísimos turistas y agobio que no me dejaba pensar con claridad. El Castelo dos Mouros y el Palacio da Pena, están en la cima de la montaña. Desde abajo parece inalcanzable, en realidad, no fue más que un paseo aunque cuesta arriba. Todas las entradas costaban 8 euros, lo sentí mucho, pero mi presupuesto no contemplaba este extra. Me conformé con las vistas desde fuera.

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Sintra

Cuando volvimos a Lisboa, después de unas buenas duchas, fuimos a comprar la cena a un supermercado: espaguetis al pesto, cervezas, sal, huevos, fruta para el desayuno y queso. No teníamos ganas de hacer cuentas, solucionamos la disputa de forma muy rápida: bueno, que cada uno coja algo de la cesta y pague. Pasé mi tarjeta de crédito para pagar la cantidad: 2,52 euros, una cerveza y el queso. Todos pagamos más o menos lo mismo y nos sobró comida. Todo lo que lleve pesto, es magnífico. Cuando terminamos ese manjar, previa socialización con un viajero australiano que se alojaba en el hostel, salimos de fiesta un martes por la noche.

Fuimos a unos bares y un par de pubs cercanos a la Praça do Comercio. Algo que me incomodó de Lisboa, al igual que desgraciadamente ocurre en otras ciudades (europeas o no), es que las mujeres siempre estaremos sometidas a un sistema patriarcal. Los hombres parecen no entender que quizás me interese más bailar con mis amigos, que hablar con ellos o liarme con alguno. No es no. Me cansa tener que repetir una y mil veces: no, no estoy interesada. ¡Déjame en paz!. No es la primera vez, ni la última (por desgracia), que uno de mis acompañantes tiene que decir que es mi pareja. Ante este comentario, algunos suelen decir: no te preocupes, no soy celoso. ¿Cuántas veces tendré que decir que mi vida no gira en torno a tu bragueta?.

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Praça do Comercio
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Revolução dos Cravos, 25 de abril de 1974. Más información en el siguiente PDF: un poco de historia.

Si salgo con mis amigos, hago eso, divertirme con ellos y pasar un buen rato; especialmente si estoy de viaje. Pero no, muchos no lo entienden y piensan que ´´intento hacerme la interesante´´ e insisten. Llegué a decir que Mara y yo éramos pareja, me giré e ignoré a aquel tipo. No sirvió de nada, tuve que perder parte de mi educación y mandarlo a paseo.  Entonces, fue cuando entendió que estaba comportándose como un cretino. Me dio mucha rabia mentir, jamás lo hago, y menos para que un hombre entienda que está siendo un pesado y que quiero que me deje en paz. ¿Por qué tenemos que inventarnos mil estupideces las mujeres para que un tipo deje de acosarnos? ¡Estoy harta de decir que tengo pareja, heterosexual u homosexual, para que ciertos hombres me dejen en paz!. ¿Hasta cuándo vamos a tener que consentir este comportamiento y ser tachadas de histéricas si nos quejamos?. 

Y mejor no hablar de todas las manos que rozan o tocan mi cuerpo cuando intento ir al baño y necesito atravesar todo el bar. Una parte ingenua de mí, me dice que son imaginaciones mías y que habrá sido sin querer, pero cuando ya ha pasado tres o cuatro veces, tengo que girarme y poner a un tipo en su lugar. Nadie tiene derecho a manosearme sin mi consentimiento, estar en una fiesta y por la noche, no es una excusa. Y mucho menos mi ropa es un argumento a favor de tu conducta, e incluso si estuviese borracha: mi cuerpo es mío, solo mío, y lo toca quien yo quiera. No es no, aquí y en China. Vuelvo a preguntar lo mismo: ¿Las mujeres tendremos que estar en alerta siempre que salgamos de fiesta, para impedir que un hombre se tome atribuciones que no le corresponden?. Me parecía un comentario necesario, quiero animar a todas a que no consintamos este comportamiento, y no necesitamos que nadie hable en nuestro nombre. Nosotras nos valemos y nos sobramos, no dejemos que se tome por natural una conducta que nos convierte en meros objetos. 

Volvimos al hostel cerca de las cinco de la mañana, nuestra última noche en Lisboa. Quitando lo que he comentado antes, había bastante ambiente para ser un día de semana y casi todos eran extranjeros. No había metro a esa hora y no estábamos dispuestas a pagar un taxi, Mara y yo volvimos andado al hostel. Nuestros amigos catalanes quedaron de fiesta, nosotras estábamos cansadas y nos fuimos. Dos mujeres deberían poder ir seguras por la calle, sin miedo a que les pase algo malo. No nos metimos en callejones oscuros y nos fijamos bien en las calles, era una ciudad que no conocíamos, tenemos sentido común. Seguro que, si tuviésemos la desgracia de que nos violasen o nos robasen, la mayoría de personas dirían que fue culpa nuestra por exponernos. La culpa jamás será de la víctima.

Y así terminó nuestra aventura por Portugal, un país que he pateado en compañía de mi buena amiga argentina. La próxima vez que nos pongamos la mochila a ver si es por el Este de Europa, quizás Estonia o Lituania, o Europa Occidental, tengo ganas de echarle el diente a Francia o Alemania. Ryanair y sus tarifas aptas para todos los públicos, guiarán nuestra ruta. Y por supuesto, lo narraré en mi blog y dejaré claro que dos mujeres, pueden ir a donde quieran sin necesidad de estar acompañadas por un hombre. Somos sujetos de pleno derecho y tenemos libertad para hacer lo que más nos guste; en mi caso es fácil saberlo: viajar.

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