Siete pecados capitales

No, no hablaré de catequismo. Prefiero otros temas de conversación. Se cumplieron dos años de mi gran viaje como mochilera por Latinoamérica: Latinoamérica con una mochila. Y he decidido terminar el 2016 confesando mis ´´siete pecados capitales´´:

  • 1. No haberme rebelado antes. Querida Laura de hace dos años: deja de romperte la cabeza con tonterías. No te ahogues en un vaso de agua, respira hondo y si no te gusta algo: cámbialo. Me arrepiento de haberle dado tantas vueltas a mi viaje, dudaba porque temía por mi seguridad y no sabía ni por dónde empezar. Leí artículos en internet y no me convencían nada. Había los dos polos: las mujeres que viajan solas se empoderan y aprenden millones de cosas vs es una misión suicida. Perdí mucho tiempo por no ignorar a terceras personas y centrarme en qué quería hacer yo. 

 

  • 2. Tener miedo de los desconocidos. Cómo no iba a tenerlo si desde niña me han dicho que no puedo andar tranquilamente por la calle. Soy mujer, debo estar alerta siempre y asegurarme de que ningún malvado se me acerque. Aquel 20 de diciembre, cuando bajé del autobús y me vi en Mendoza (Argentina), no podía parar de pensar que estaba loca. Miraba para todas partes, comprobaba que mi mochila estaba bien cerrada y no sonreía a nadie para que no pensasen cosas raras. Menuda actitud la mía, una auténtica vergüenza. Sé que solo hablaba el miedo, el mismo que hacía que mis piernas temblasen cuando me dirigía al hostel para pasar mi primera noche de viaje. En la habitación hice amigas en cinco minutos, de países diferentes y muchas anécdotas que contar. Ese mismo día, aprendí que viajar no es otra cosa que conocer a la gente que te rodea. Siempre hay que tener sentido común, pero jamás miedo.

 

  • 3. Vergüenza. En el fondo tengo claro que soy una persona tímida, a la que le cuesta expresarse con claridad. En especial cuando tengo que mostrar afecto por un amigo, un familiar o lo que sea. Soy así. Ahora hago memoria y me da la risa, dudé en muchas ocasiones y le di vueltas a las cosas más absurdas, por culpa de no preguntar. Di mil vueltas en un sitio por no acercarme a alguien local y abrir la boca, tuve algún mal entendido porque no entendí una expresión y me hice la inteligente, tuve menos trato con alguien porque no quería ser una pesada aunque me caía bien… Cada día de viaje, perdí un poco de vergüenza, una evolución rápida y constante. Latinoamérica consiguió que confiase más en mí y al final, que todo me diese igual. Aprendí a pensar en presente y no en pasado o futuro. 

 

  • 4. No tener casa. No planifiqué absolutamente nada sobre mi viaje. Un día, en mi casa de Chile, vi la película: Diarios de una motocicleta. Después, no fui capaz de olvidar al Che pateando todo el continente. El verano se acercaba y no tenía ni idea de qué hacer con mi vida. Podía usar mis ahorros y un esfuerzo económico de mi madre para pasar las navidades en España, o bien, podía pensar otro plan. Como dije en el primer pecado capital, le di muchas vueltas. En realidad, la decisión de viajar la tomé rápido, en cinco minutos dije: no sé cómo, pero yo me voy a la chucha. Sólo necesito una wea (una mochila) para meter mis weas y salir por la puerta. En época de exámenes final, dividí mi tiempo entre estudiar dejándome los codos y leer relatos de viajes de viajeros ´´experimentados´´. Al final, hice todo a mi manera: improvisar. Llamé a un amigo, unos días antes de irme (ya había comprado mi billete de autobús para Mendoza) y él me ayudó con la mudanza. Es decir, mi querido Pato aguantó mis maletas en su casa durante todo el verano. El casero me devolvió la fianza y usé el dinero que pagaría de alquiler, el de la comida de un mes normal y mis ahorros, en viajar por toda Latinoamérica. Me quedé sin casa, estaba al otro lado del mundo sin saber dónde vivía. Nunca supe responder, decía entre risas que en alguna parte de Chile. No soy millonaria, fue la única forma de poder viajar, gasté lo mismo que haber vivido en Chile esos tres meses.

 

  • 5. Marcarme un rito de paso. Mi rito de paso fue pasar Buenos Aires, sabía que si continuaba e iba a Uruguay, nada ni nadie me frenarían. Me arrepiento de haber dudado de mis capacidades, haber pensado que no era capaz de llevar con éxito mi aventura. No estaba segura de nada. Cuando estaba en San Luis, conocí a un argentino que iba a hacer el mismo viaje que yo pero un mes más tarde. Me animó muchísimo, hizo que viese que mi ocurrencia podría pasar a ser un hecho. Le copié la ruta: llegar a Buenos Aires, ir en barco a Uruguay, ir por la costa hasta Brasil, subir hasta Río, atravesar todo hasta llegar a Iguazú, subirme en un autobús y llegar a Paraguay, hacer el Norte Argentino, pasar la frontera para Bolivia, frotar los ojos en el Machu Picchu y volver a Valparaíso desde Arica. Así fue, dudé, pero al final cumplí mi sueño. Tuve mis momentos bajos, por ejemplo, haber pasado las primeras navidades fuera de mi casa. En otras ocasiones: me vi perdida en otro país sin aclararme con las calles, los billetes raros, sin entenderme con la gente, con dolor de espalda por culpa de la mochila… Patrañas con las que ahora solo me da la risa y me digo: Laura, qué poco te conocías…

 

  • 6. No fui ahorradora del todo. Ya dije que gasté lo mismo que haber vivido en Chile. Usé mucho couchsurfing y pude conocer a gente interesante y de los lugares que estaba visitando. No tuve ninguna mala experiencia, de todos me llevé un bonito recuerdo. En Pelotas, Brasil, casi estuve una semana con una joven enfermera. En Asunción, Paraguay, pasé 6 días con un paraguayo que al principio me caía mal y después nos hicimos amigos. Incluso terminamos saliendo de fiesta y jugando al póker en un casino (Gané 60 dólares, dinero perfecto para hacerme el Norte Argentino y llegar a Bolivia). Y muchos más casos. Sin embargo, en algunas ocasiones me dejé llevar por el cansancio y la inexperiencia y gasté más del mínimo. Seguía siendo poco, pero sé que ahora haría las cosas mucho mejor porque he aprendido mucho. Mi próximo viaje por Latinoamérica será más largo y con el mismo dinero.

 

  • 7. Y mi último pecado capital: no tener ni idea de montar una mochila. Todo lo que metí en ella, fue completamente absurdo. No sé en qué estaba pensando o si realmente lo estaba haciendo. No metí ninguna cazadora para el frío, me dije a mí misma: es verano y Latinoamérica, aquí no hace falta una chaqueta por si refresca. Es para matarme, imaginaba que todo era como en Río de Janeiro. Mi nivel de ignorancia fue inigualable. Por otra parte, pesaba demasiado. A medida que fue perdiendo mi vergüenza, también fui perdiendo mis cosas y regalé parte de mi ropa y un par de zapatillas. No necesitaba nada de eso. Me empapé, no tenía ni un triste chubasquero decente. Y gracias a unos argentinos, en Bolivia no me morí de frío, me enseñaron a regatear en un mercado y compré ropa de segunda mano. En realidad, no tenía ni mochila porque la mía de Decathlon estaba en Galicia. Tres días antes de mi viaje, fui a Santiago de Chile y compré una mochila grande por 10 lucas. Ni hierros ni tecnologías. Mi espalda casi no lo cuenta.

 

En realidad, no confieso nada porque no me arrepiento. En casi tres meses de viaje con la mochila, aprendí más cosas que durante años. Tuve la oportunidad de conocer otros países, otras realidades y gente muy diferente a mí; sin ser a través de los libros, sino que cara a cara. De verdad, no cometas estos 7 pecados capitales, sal de casa.

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