Día 1: Irún – Donostia (27 Km)

Escribo esta entrada después de cuatro años. Es posible que no recuerde muchos de los detalles, de hecho, veo las fotografías y en algunas casi no me reconozco. He cambiado por completo; en aquel momento no tenía ni idea de que escribiría este blog, que me patearía toda Latinoamérica, que me iría sola a Marruecos, que vería miles de vídeos en youtube sobre cómo montar una mochila, que trabajaría como aupair, que me perdería por Moldavia donde todo el mundo hablaba ruso, que terminaría la universidad a distancia, que me mudaría de casa ochenta veces…

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Laura con 19 años, julio del 2013. Guipuzkoa.

Es increíble lo que puede cambiar una persona y todas las cosas que ocurren en cuatro años. Laura a los 19 años, no tenía ni idea de la cantidad de miedos que perdería por el camino y lo mucho que adoraría tener una mochila a la espalda. Por aquella época, solo conocía Londres donde estudió inglés un mes (su primer viaje sola y cumplió sus 17 en un concierto de Judas Priest), las partes de España que había visitado con su familia, las excursiones del colegio y las escapadas a Portugal. Fin.

El verano del 2013, quería que fuese diferente. Estaba harta de hacer siempre lo mismo, tener poco dinero no podía ser un motivo para no viajar. En aquel momento, no era capaz de irme sola, siempre esperaba a que alguien me dijese que sí, al final nunca sucedía y quedaba en mi casa mirando para las paredes. Convencí al que era mi pareja, cogí mi ordenador y busqué billetes de avión, tren o autobús. El destino no tenía demasiada importancia. Apareció una oferta en Renfe… nos fuimos en tren hasta Irún (Guipuzkoa) por 23 euros.

Repito que casi no teníamos presupuesto, por lo que decidimos hacer el Camino de Santiago por la ruta del norte. Creo recordar que fueron casi doce horas y el trayecto finalizaba en Hendaia, que ya es territorio francés. Estaba emocionada, oficialmente fue mi primer viaje como mochilera. De hecho, la mochila que tengo actualmente la compré en Decathlon para esta aventura. Mi pequeña no podría haberse imaginado los trotes que le daría por Latinoamérica, Marruecos, Europa del Este…

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Jaizkibel, Guipuzkoa. En aquella época no tenía mi Réflex, saqué la foto con una cámara digital (simple del todo) de Nikon.

El primer día dormimos en la casa de unos primos del que era mi novio. Muchos gallegos emigraron a Euskadi en busca de oportunidades, trabajando de lo que fuese con el objetivo de prosperar. Ellos llevaban más de media vida en tierras vascas. Fueron muy amables, nos enseñaron la ciudad de Irún, nos invitaron a cenar y estaban contentos de volver a hablar gallego. Por la mañana, nos despertamos temprano y emprendimos el viaje.

Salimos de la ciudad, desde donde pudimos ver Hondarribia y Hendaia. Estábamos casi en la frontera con Francia. La ruta empezó con una subida, para una asmática aquello no fue una buena noticia.  Recuerdo que hicimos varias paradas, me quité varias capas de ropa, bebí un montón de agua, comí rapidísimo el bocadillo de tortilla que llevaba… No llevaba bien repartido el peso de la mochila y me hacía doler la espalda, errores de una principiante.

En realidad, creo que nos inventamos el camino porque perdimos las flechas amarillas. Se suponía que eran 27 km hasta Donostia, San Sebastián, a día de hoy no sé si hicimos más o menos; solo tengo claro que aquel día terminé rota. Atravesamos todo el monte Jaizkibel y llegamos a Pasai, donde tuvimos que subirnos en una pequeña barca que nos llevó al otro lado de la ría y seguimos el camino. Cuando vi Donostia, desde lo alto de la montaña, no me lo podía creer. Fueron duros aquellos 30 kilómetros, no tenía ni idea de cómo sería aquel viaje ni tenía una gran condición física… lo que importa es que llegué, rota, pero llegué.

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Montes vascos

Cuando llegamos a la Playa de la Zurriola, tiré la mochila y fui directamente al agua. Por un momento olvidé el dolor de pies, me puse a jugar con las olas como los niños pequeños y agradecí mucho quitarme el sudor y la tierra. Después buscamos el albergue, no recuerdo la calle y por lo que he visto en internet, ahora lo han cambiado de lugar. Era público, funcionaba con voluntarios y no tenían una tarifa fija y cada uno dejaba un donativo para que continuase abierto. Creo que han cambiado esa política y ahora cobran.

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Donostia
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Donostia

Al ser verano, había bastante gente y un hombre roncó por lo que casi no pude dormir. No conocía los tapones para los oídos, grave error. Por la mañana, bien temprano, caminamos por Donosotia y aprovechamos sus calles vacías. No siempre se puede ver la Playa de la Concha sin gente, desde donde vimos amanecer.

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