Día 1: Bilbao – Portugalete (20 km)

La idea de irnos a Euskadi fue completamente improvisada. Queríamos viajar después de los exámenes, pasar unos días fuera de Santiago y olvidarnos de los libros. Miramos varias páginas web: Ryanair, Renfe, Blablacar… hasta que al final compramos unos billetes de autobús, con la compañía Alsa, y nos fuimos a Bilbao por doce euros. Yo ya conocía Euskadi, hacía ya cuatro años, pero me quedaron ganas de volver. Si quieres echarle un ojo a dicho viaje (Irún – Bilbao): Camino del Norte.

Nuestro presupuesto, como siempre, era reducido. Buscamos en couchsurfing a alguien que nos alojase, era una forma también de conocer mejor las ciudades de Bilbao y Santander. Sin embargo, no tuvimos suerte. Eran los días festivos de Carnavales y todo el mundo tenía planes, además éramos dos personas y entiendo perfectamente que es más complicado. Necesitábamos un plan B, no podíamos pagar cinco días de hostels convencionales y más cuando no aparecían opciones económicas en la web. Todo lo que vimos, no bajaba de los 20 euros la noche. Imposible.

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Bilbao

Por otra parte, meditamos sobre la clase de viaje que queríamos hacer. Echábamos de menos las aventuras que tuvimos en Portugal el verano pasado: Portugal; viajar con una de tus mejores amigas. No queríamos ver únicamente dos grandes ciudades y volver a casa con la sensación de no haber conocido bien Euskadi y Cantabria. Cambiamos nuestros planes, de un día para otro, y decidimos hacer parte del Camino del Norte (Camino de Santiago). Dormiríamos en los albergues de peregrinos, cuyos precios son reducidos y conoceríamos pueblos y lugares alejados de las grandes ciudades y puntos más turísticos.

Salimos de Santiago un viernes, nos esperaban once hora de autobús. Sí, dio mil vueltas por A Coruña y Lugo. Nos armamos de paciencia, teníamos comida suficiente y los autobuses ahora cuentan con pantallas donde pudimos ver varias películas. Hizo una parada de una hora en Oviedo, aprovechamos para comer y no tuvimos tiempo para ver la ciudad por lo que queda pendiente para otra ocasión.

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Guggenheim

Llegamos a Bilbao pasadas las ocho de la tarde. Miramos dónde estaba el albergue municipal y fuimos directamente. Nuestra sorpresa fue que después de haber subido millones de escaleras, el albergue estaba cerrado. Solo abre los meses de verano. Le preguntamos a unos chicos dónde podíamos dormir sin vender un riñón y nos indicaron un hostel que estaba cerca, nos perdimos y unos niños que jugaban en la calle fueron en nuestro rescate. Todo el mundo nos ayudaba, con un acento vasco que nos hacía caer la baba. Llegamos al hostel y nos pedían 2o euros a cada una, usamos su wifi y encontramos otro por doce euros y frente al Guggenheim. Fuimos directas.

El hostel era nuevo, con unos baños decentes y taquillas donde dejar nuestras cosas bajo llave. El único problema es que cada habitación era para unas 20 personas, con literas de tres pisos. Me pareció un poco cutre, he estado en hostels más baratos o con el mismo precio con mejores cuartos. Pero bueno, era la mejor opción que teníamos y después de once horas de autobús no queríamos rompernos la cabeza. Por suerte, el desayuno estaba incluido y conocimos a unos argentinos que estaban de Erasmus en Santander.

Empezaba la aventura después de un fuerte desayuno, teníamos que amortizar nuestros doce euros. El camino empezaba en el albergue municipal, con paciencia subimos de nuevo las escaleras y pudimos ver toda la ciudad de Bilbao. Estábamos emocionadas, hasta que un ciclista se acercó a nosotras y nos advirtió que la ruta hasta Portugalete era horrible. Le preguntamos en qué se basaba y nos explicó que estaba mal señalizado y algunas partes estaban valladas y todo era muy confuso. Nos propuso caminar por la ría, pero nosotras no queríamos volver a bajar las escaleras y atravesar la ciudad. Agradecimos su sinceridad y simpatía, aunque al final seguimos la ruta.

Aquel hombre tenía toda la razón del mundo, las flechas brillaban por su ausencia pero siempre encontramos a alguien que nos echó una mano. Bilbao ya se veía a lo lejos y caminábamos por Barakaldo, ahora un conjunto de pueblos dormitorio donde se veían fábricas abandonadas que hacían recordar su pasado industrial. Los altos hornos. Muchas personas, de toda España, emigraron hacia Barakaldo y se dejaron la espalda en aquellas fábricas. Hoy no son más que escombros.

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Por Barakaldo

Teníamos que subir una pronunciada cuesta hasta la Iglesia de Santa Águeda. Estábamos muertas de hambre y desplegamos el campamento en la entrada a una casa. Sacamos el tapper, abrimos los garbanzos, cortamos el tomate… De repente salió el hombre de la casa, que era muy amable, cuyo nombre era Manu. En lugar de decirnos algo por tener las mochilas tiradas al lado de su puerta, nos regaló unas naranjas y se puso a hablar con nosotras. Nos contó que él había vivido toda su vida allí y de hecho su familia trabajó durante años en una de las fábricas de Barakaldo. Le dijo que muchos gallegos emigraron a Euskadi, en la década de los sesenta y después. Mi sorpresa fue que empezó a reír,  resulta que algunos de sus amigos más cercanos eran gallegos. De hecho, el 25 de julio, celebran la fiesta nacional a miles de kilómetros. Vayamos a donde vayamos, siempre tendremos morriña de nuestra tierra.

Le pregunté si él hablaba euskera y me comentó que en esa zona no era común, en especial las personas de su generación (tendría 60 años) y que estaba muy contento porque sus hijos y nietos sí lo hablaban. Nos reímos mucho con él, nos impresionó su amabilidad natural. Quería enseñarnos la iglesia, pero justo tenía que ir a recoger a sus nietos. Viajar es maravilloso por esta clase de cosas, por tener la oportunidad de conocer a gente como Manu.

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Santa Águeda

Pasado Barakaldo, vino la peor parte de la ruta. Las flechas nos llevaron hasta pueblos dormitorio donde no había nada que ver y un polígono industrial donde nos perdimos. Varias personas nos ayudaron y llegamos hasta Portugalete, después de mil vueltas innecesarias. El ciclista de Bilbao tenía razón, es mejor caminar por la ría.

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