Día 3: Castro Urdiales – Laredo – Santoña (30 km)

Desayunamos en Castro Urdiales con el chico madrileño que conocimos el día anterior. Continuaron las anécdotas y las risas, no todos los días se conoce a un loco que hace el Camino de Santiago desde Países Bajos con una bicicleta del Decathlon, después de escuchar algunas de sus historias lo cierto es que me dio ganas de hacer lo mismo. Quizás pronto me anime, no lo descarto.

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Laredo

Las señoras que se encargaban del albergue municipal, eran muy amables y atentas. Nos contaron que todos los años hacían alguna ruta del camino, sin importar que pasasen los 60 años. De hecho, nos ofrecieron comida que había en la cocina y dijeron que estábamos en casa. Después de comer bien, menú incluía el fuet de emergencia que teníamos en la mochila, empezamos a andar. Ese día teníamos que llegar a Laredo e ir en autobús hasta Santoña (en realidad se va en barca pero hasta marzo no está disponible).

Caminamos, ya estábamos acostumbradas al peso de las mochilas. Nos perdimos por Castro Urdiales y preguntamos en un bar por dónde teníamos que ir, un señor que bebía alegremente una cerveza nos ayudó. Llegamos a Laredo, un pueblo con edificios de piedra y una playa por donde paseaban muchas familias. Pusimos un nuevo sello en un convento, nos atendió una religiosa que paseaba con un loro en su hombro izquierdo. Un tanto simpática la situación.

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Laredo, Cantabria

Cuando salimos y teníamos pensado mirar en google cómo llegar a Santoña, una señora empezó a llamarnos desde un balcón. Al principio no nos enterábamos, lo que menos pensábamos es que alguien se dirigía a nosotras, hasta que levantamos la cabeza y una señora con una gran sonrisa nos preguntó si éramos peregrinas. Con una gran sonrisa en la cara, nos explicó que no había barca hasta el mes de marzo y tendríamos que ir a Santoña en autobús. Seguía sorprendiéndonos tanta amabilidad, no era necesario ni pedir ayuda porque la gente ya nos echaba una mano. Así da gusto.

Pagamos 1,80 euros y en 40 minutos llegamos a Santoña, famosa por sus anchoas y su historia. Decidimos parar para tomar algo caliente, elegimos un bar cualquiera de una calle cuyo nombre ni recuerdo. No era turístico, su estética era de los setenta y se notaba que había sido reformado en varias ocasiones. A mí me encantó, parecerá una tontería pero era auténtico. Al fondo unos abuelos jugaban al dominó y comentaban la partida, otro señor leía un periódico a través de unas gruesas gafas, en la barra vi al camarero hablando con los clientes con toda naturalidad…

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Santoña. Bares, qué lugares…

El viaje continuaba, nuestra siguiente parada fue Noja. Tuvimos que atravesar una montaña y pudimos toda la costa.

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