Violencia obstétrica. La historia de Izaskun, la lucha por ser madre

Mi marido y yo llevamos casi tres años intentando quedarnos embarazados. Tras un año de intentos, decidimos ir al médico de cabecera para que nos derivara al ginecólogo.  La médica era sustituta (45 años más o menos) y me dijo, como si fuera una revelación de verdad absoluta: “ya sabes que en cada ciclo solo hay tres días para quedarse: el día 14, 15 y 16.” en un tono muy maternal, que hizo que nos sintiéramos muy estúpidos. Y nos recomendó tener relaciones a la semana 5 días.

Evidentemente, seguimos insistiendo y cogí hora con la matrona. Nos dijo que éramos muy jóvenes, 30 años, que no hay de qué preocuparse y que lo principal era estar tranquila. Mensajes muy culpabilizadores para mí, no para él, que hicieron que me planteara, incluso, coger una excedencia laboral. Cuando le pregunté por las pruebas de fertilidad (para iniciar todo el protocolo estipulado de Osakidetza), la matrona me contestó: “ya, pero para eso te tengo que derivar al ginecólogo y a ellos no les gusta que nosotras (las matronas) les derivemos”. Me dijo que volviera en 6 meses, y que seguro que la siguiente vez que nos viéramos estaría embarazada (más presión, más “es tu culpa”).

Esperamos 6 meses y nos tocó otra matrona que me dijo que habíamos perdido esos 6 meses y nos derivó seguido.

La primera vez que fuimos al ginecólogo de la seguridad social, al vernos, con 30 años, me dijo textual: “a ti lo que te pasa es que quieres tenerlo todo controlado y los embarazos no son así, la ciencia no es así”. En esa consulta me dijo que tenía un quiste de 4 cms y me mandó hacer una analítica de indicadores tumorales. Cuando le pregunté si podría tener cáncer, me dijo que: “ya estamos, siempre poniéndonos en lo peor”.

Al final resultaron ser quistes, más de uno, que si bien no impiden el embarazo sí lo dificultan.

Dentro del protocolo de Osakidetza (servicio Vasco de salud) para poder entrar en las listas de reproducción asistida, tienes que hacerte una prueba que es como un escáner del útero. Para eso te meten un contraste en el útero y duele mucho. Llegamos a ese punto del proceso y le dije al ginecólogo que estaba preocupada porque esa prueba dolía mucho. Me preguntó quién me había dicho eso. Le dije que unas amigas que también de lo tuvieron que hacer y me montó una bronca considerable: “qué amigas tienes que te dicen siempre lo malo, pues molestar molesta, pero como si vas a hacer una quimio, agradable no es. Para tener amigas como esas…” Nosotros estábamos flipando.

Desde esa consulta decidimos no seguir por la seguridad social. Empezamos en una clínica privada.

Nada más verme el ginecólogo de la privada, me dijo que tenía endometriosis y que esos quistes eran por eso. En casi 8 meses de pruebas era la primera noticia. Volvió a decirnos que no era motivo suficiente para quedarnos embarazados, pero que sí que lo dificultaba. ¡Y el otro diciéndome que era controladora! Sin comentarios.

Intentamos tres FIVs y no salieron.

En enero, supimos que nos habíamos quedado de manera natural. En la segunda ecografía, semana 9, el ginecólogo de Osakidetza, nos dijo: “está claro, es un aborto.”

Me dijo que me bajara de la camilla y esperó a que me sentara. Me explicó que tenía varias opciones para abortar y empecé a llorar desconsoladamente. El ginecólogo seguía haciéndome preguntas: “¿fecha de nacimiento?”. Sonó el teléfono fijo de su consulta mientras tenía que decidir si abortaba en casa con pastillas o me hacían un legrado. La enfermera siguió hablando con una madre de una paciente que preguntaba dónde podría comprar la vacuna del papiloma. Como eran dos conversaciones cruzadas, todos elevamos la voz. Hasta que el ginecólogo, le pidió a la enfermera con un gesto brusco que cortara la conversación. Yo seguía llorando con mi angustia. Mi indecisión, mi pérdida. Mi marido estaba al lado sin poder hablar. Cuando ya termina de decir que si me hago el legrado puedo sentir algo, porque eso depende de la anestesista que toque, me dice: “mejor llora tranquila y luego hablamos”. Me dejó menos de medio minuto para recomponerse y seguir con los trámites.

Al mes tuve que volver. Tras el legrado, el ginecólogo vio los resultados y no me hizo ni una ecografía. A día de hoy supongo que todo estará bien, porque nadie me ha dicho lo contrario. Al preguntarle cuándo lo podría volver a intentar, me dijo que cuando quiera pero que por lo menos tenía que haber tomado un mes el ácido fólico. La consulta duró 5 minutos. Después de un legrado. Después de tantas vueltas.

Ahora estamos con otro ginecólogo privado. Nos han hecho pruebas genéticas y mi marido tiene un fallo genético, que lo mismo no impide el embarazo pero sí lo dificulta. Me siento estafada. Si hubiéramos empezado por estos análisis de sangre, habríamos valorado otras posibilidades. No habríamos gastado 12.000€ en algo que no podía funcionar. No habría sometido a mi cuerpo a un tratamiento tan violento.

La última pregunta que le hice al ginecólogo fue: ¿puede ser que hagamos otro tratamiento y que al hacer el análisis genético preimplantacional no haya ningún ovocito apto? Y me contesta: ´´va… no hay que ponerse en lo peor, mujer…´´ Como si fuera yo una histérica.

Unknown
Lisboa. Fotografía de Dani Candal

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