Violencia obstétrica, la historia se repite. Testimonio de Ana

Ana (nombre ficticio) tiene 75 años. Vivió gran parte de su vida en una dictadura, el tiempo en el que las mujeres callaban y acataban. No perdió la virginidad hasta su noche de bodas; viviendo en una aldea de la provincia de Pontevedra, era una auténtica barbaridad mantener relaciones sexuales antes. Era pecado y daba terror llegar a casa de tus padres y decir que ´´estabas en cinta´´. El aborto existía, claro que sí, lo practicaban en la clandestinidad y con algo de suerte, sobrevivías a las agujas de calcetar y los rituales con hierbas. Ana comenta que corrían rumores y que una de sus vecinas, como otras muchas, había abortado tomando unas hierbas. Todo era ignorancia, ocultismo y una falta total de confianza con tus padres. Nadie sabía nada sobre ginecología, anatomía o sexualidad. Ningún libro de ciencias recogía esta información. 

Entre risas, ya que en la actualidad le parece patético, me dijo que su cuñada tenía bajo llave un libro que hablaba sobre sexualidad. En realidad, solo explicaba el ciclo menstrual y cómo calcularlo. Repito sus palabras: ´´En aquel tiempo solo había miedo, ignorancia y hambre.´´ Me contó que un día  a la salida de la escuela, una chica más joven (12 años más o menos) le preguntó al grupo de amigas de Ana, qué era la matriz. Nunca habían visto una fotografía de la anatomía de la mujer. No tenían ni idea de cómo era una vagina, un útero o un clítoris. Solo sabían decir: eso son cosas de mujeres.

En aquella época, incluso la regla era motivo de vergüenza. En las casas del rural, no había agua corriente. Debían lavar la ropa en el lavadero público, entonces llevaban allí las compresas de tela que enganchaban a las bragas con alfileres. Desde luego, Ana afirma que la higiene brillaba por su ausencia. Frotaban con fuerza aquellos trapos viejos, cruzando los dedos para que se eliminase todo resto de sangre. Temían que otra vecina viese lo que hacían, sentían terror al pensar que otra persona podía saber que estaban ovulando. Cuando dejaban la ropa al clareo, sobre la hierba del prado, se aseguraban de ocultar a conciencia las compresas. Si su madre sabía que estaba en los días de regla, le servía una comida diferente. Como una apestada, Ana se escondía y comía ese menú diferente. Por nada del mundo, quería que la viese su padre y supiese el motivo por el cual comía algo distinto.

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Fotografía de Lorena Rocemil

Ana quería ser libre, estudiar y hacer lo que le diese la gana. Soñaba con sostener un título universitario de medicina, viajar y hablar otros idiomas. Era hija de labregos, vivía en el rural y aquellos solo fueron eso: sueños. Cuando tenía 25 años, ya con un novio formal, hizo caso al catecismo y siguió los mismos pasos que sus amigas: casarse y tener hijxs. Se casó el 8 de octubre. Su próxima regla era el 16 de ese mes, la cual nunca llegó. Quedó embarazada, pero a los dos meses (aproximadamente) tuvo un aborto espontáneo. Se imagina que fue por culpa de todo el trabajo físico en el campo y la casa, los cambios de los últimos meses, haberse ido de casa y vivir en otro lugar… Fue al ginecólogo, por primera vez en su vida, cuando empezó a sentir dolor en la parte baja del vientre. Le afirmaron que estaba teniendo un aborto y debía guardar reposo, con algo de suerte solo sería un susto y podía continuar el embarazo. Es decir, no hicieron nada para aliviar su dolor, aunque la gestación era imposible. 

Se fue de Pontevedra por su propio pie, con gran esfuerzo llegó a su casa y se tumbó en la cama. En un par de días expulsó todo, o eso creía, volvió al ginecólogo (Hospital de Santa Rita, Pontevedra) y en menos de cinco minutos la despachó. A los pocos meses, volvió a quedarse embarazada. Ya he dicho que no iban al ginecólogo con regularidad, aquello era toda una anomalía. Sabían que estaban embarazadas cuando no tenían la regla. Su marido tenía un trabajo estable y pudo acudir al médico del seguro en Pontevedra para dar a luz, otras no fueron tan afortunadas y tuvieron que parir en casa como las vacas. En septiembre de 1969, empezó a tener complicaciones.

Fue ingresada en el Hospital Provincial de Pontevedra, el bebé no estaba colocado correctamente. Las contracciones empezaron, pero el niñx no podía salir por el canal de parto. Le palparon la barriga y de forma muy brusca, giraron el bebé, sin darle explicaciones a la madre y dando órdenes a base de gritos. Ana no sabía qué ocurría, nadie se molestó en hablar con ella. Estuvo dos días subiendo y bajando al paritorio, sin ascensor porque estaba estropeado. La llevaban en una camilla, sin ningún cuidado para no chocar contra las paredes. La dilatación, no era suficiente, pero nadie se lo dijo y cuando ella preguntaba a las enfermeras, ellas decían: ´´Que sí, que sí, que ya viene Don Antonio (el médico, nombre ficticio) y la atiende.´´

La ataron a la camilla como si fuese un animal, no podía mover las piernas ni los brazos. Para no hacerle una cesárea, utilizaron la ventosa y las propias manos para sacar al bebé. Ana recuerda un gran dolor, la desgarraron por dentro. Le dejaron moratones al bebé y nació casi muerto, no tenía oxígeno suficiente. Finalmente, lograron salvarlo. Desea que ninguna mujer tenga un parto como el suyo, que jamás la cosan ´´en vivo´´ de cualquier manera y que no pueda ni orinar sin dolor.

Cuando pensaban que ya había pasado lo peor, a los dos días de vida, el bebé dejó de aceptar el pecho de la madre. Tuvieron que hacerle transfusiones, con un equipo médico personal y materialmente insuficiente. Todos dieron por hecho que aquel bebé no sobreviviría. Su marido, no estuvo en el hospital, cree recordar que no estaba permitido y los hombres tampoco reclamaban. No se aceptaban visitas o no estaban bien vistas. El único apoyo que tuvo aquellos días Ana, fue su madre quien viajaba en autobús todos los días desde una aldea a Pontevedra. El bebé fue bautizado en el hospital. Para sorpresa de todos, hoy Ana puede abrazar a su hijx.

Ana está contenta con los cambios que han tenido lugar en las últimas décadas. Todos los avances científicos, la eliminación de muchos tabúes, la posibilidad de hablar en casa sobre sexualidad, que los libros de texto informen sobre anatomía femenina… Pero, ella aspira a más. Desea que la maternidad no sea algo impuesto, es decir, que se reconozcan nuestros derechos a la hora de decidir y que otros muchos factores se impliquen. El sistema sanitario debe garantizar la seguridad e integridad de las mujeres cuando quieren ser madres. Y por supuesto, no sacrificar una vida profesional a cambio de vivir la maternidad.

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La era del vacío

En otras palabras, todOs presionan para que las mujeres seamos madres porque es algo natural (según ellOs). Nuestro cuerpo es público. Ana, sabe que su juventud no se va a volver a repetir, es un capítulo cerrado de la historia, pero que algunos fantasmas (más sutiles y camuflados) siguen acechando. Hace unos años, tuvo que someterse a una intervención quirúrgica. Como suele decirse: la vaciaron. Le quitaron los ovarios y todas esas cosas de mujeres. Ningún médico le dio explicaciones hasta que ella preguntó e insistió, sabía que tenía derechos más allá de un informe plagado de tecnicismos. Algunas de sus amigas han pasado por lo mismo. Hoy, no saben qué les hicieron en el quirófano. Eliminar el ocultismo sobre el cuerpo de la mujer, es una asignatura pendiente y algo que las mujeres tendrán que reclamar, ya que nadie lo hará por ellas. 

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Cualquier aldea gallega. Fotografía de Gonzalo García

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