El fracaso de emigrar…

Los padres de mi mejor amiga, después de casi quince años en tierras gallegas, vuelven a Argentina. No han vuelto a su ciudad, Villa Mercedes (San Luis), desde que hicieron las maletas debido a la imposibilidad de prosperar en su país.

Las constantes subidas de precios, la leche por la mañana marcaba una cantidad que podía triplicarse cuando se pasaba por el supermercado a las ocho de la tarde. La inflación, el desastroso sistema político y la asfixia del imperio estadounidense ya clásica en Latinoamérica (Venezuela, Cuba, Chile, Guatemala… no por casualidad están así). El famoso corralito, expulsó a muchos compatriotas. Están contentos de poder disfrutar de tres semanas en Argentina. Disgustados al mismo tiempo por tener un billete de vuelta, querían tener la oportunidad de elegir.

Hacen falta más libros como Americanah, de esos que hacen que olvides comer porque necesitas pasar las páginas. Adichie cuenta la historia de una nigeriana que emigra a Estados Unidos, para finalizar sus estudios universitarios y muestra la realidad del sueño americano. Con gran inteligencia, narra los duros inicios y la constante sensación de pertenecer a dos lugares y a la vez a ninguno. El cambio de la protagonista es enorme, al igual que su entorno. La angustia de ver las facturas acumuladas en la mesa, indicar mil veces en el mapa dónde está tu país de origen, el nuevo canon de belleza… Ifemelu finalmente regresa a Lagos, enfrentando la vida de una retornada y los eternos interrogatorios. No es una lectura dopada, sino la realidad de los emigrantes.

 

Normalmente, se cuentan las fantásticas historias del extranjero. Un conocido (al menos pensabas que sí lo conocías) vuelve de la emigración y te pone al día de su vida. Como si realmente el motivo de haberse ido fuese el espíritu aventurero, y no la búsqueda de un futuro que es negado en su propio país. Claro que hay un componente de adrenalina, de lo contrario quedaría en el sofá de su casa, pero no es la principal razón: no es lo mismo irte porque quieres, que te echen. El retorno, aunque sea en vacaciones, no asume el fracaso o la mera supervivencia. Estar fuera, debe significar triunfar en todos los sentidos.

Me aburren los testimonios que solo intentan idealizar Europa. Los famosos triunfadores que hicieron las Américas. Con más frecuencia de la que me gustaría, sus historias ocultan las jornadas laborales interminables realizando trabajos de baja cualificación. Independientemente de la formación formal, los títulos que se tengan bajo el brazo, la mayoría empiezan desde abajo. Un inmigrante, siempre realizará las tareas que detestan los nativos. Emigrar, como bien cuenta María Alonso en Transmigrantes: fillas da precariedade, no es irse de Erasmus o unas vacaciones. Los jóvenes hemos sido condenados, al igual que otras generaciones de gallegos, a vagar por Europa en busca de una oportunidad.

La precariedad laboral en estado puro, un empleo que no se reconoce ni como tal, es el mundo au pair. Sé de lo que hablo, puesto que yo también fui una más en la lista de frustradas. No existe una regulación real, no hay contratos laborales que pauten los derechos y deberes de empleada y jefe, no hay representación sindical ni nada que se le parezca… es probar suerte y confiar en la buena voluntad de la familia de acogida. Una perversa forma de maquillar la pérdida de nuestros derechos básicos, que se ceba con las mujeres en un sistema heteropatriarcal siendo otra forma más de feminización de la pobreza. Los portales de empleo donde ofertan puestos de au pair, van dirigidos (en un alto porcentaje) a mujeres europeas con formación universitaria.

Y después, encima de estar a kilómetros de casa y tratando de entender unas normas culturales desconocidas, no puedes darte el gusto de contar la realidad que están viviendo. No se aceptan las historias de los emigrantes frustrados, los que pensaron que el camino sería sencillo. Muchos creen, todavía, que en Latinoamérica por el mero hecho de ser europeo estará todo hecho.

Toda la vida, hemos escuchado los relatos de los falsos triunfadores: el analfabeto que emigró a Alemania y fundó su propia empresa, la gallega que se fue a Suiza y se quedó, el recién licenciado que ahora trabaja para una multinacional en Reino Unido… Nadie habla de cómo empezó todo, o lo hacen de forma superficial porque lo que importa es impresionar al interlocutor, pocos admitirán haber limpiado los servicios públicos ingleses o haberse dejado la espalda haciendo camas en un hotel de lujo. En verano, aparecerían en el pueblo con un coche de alta gama como en los años setenta cuando un gallego visitaba la aldea. El pasado es presente.

¿Quieres conocer más historias reales de la emigración?

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