Quiero ser dueña de mi cuerpo

Hace unas semanas, después de soportar fuertes dolores en la parte baja de la espalda, decidí llamar al fisioterapeuta. Llamé a una clínica que aparecía en el buscador de internet, la primera en la lista. Al otro lado de la línea, hablaba un hombre de mediana edad con una voz amable. Aunque esto último, fue la impresión que me dio. Me citó para el día siguiente por la mañana.

Madrugué, me preparé y fui en autobús hasta la consulta. Estaba sentada en la sala de espera cuando me avisó el fisioterapeuta. La situación fue graciosa, resultó ser un antiguo compañero de kárate. Practicamos este deporte hace diez años, en nuestro pueblo natal, y luego nos perdimos la pista. No éramos amigos, solo conocidos que coincidimos en el gimnasio. Los dos actuamos como si no nos conociésemos, incluso nos presentamos, porque cinco minutos después yo estaría sin camiseta y con el sujetador desabrochado.

Ahora me parece ridículo, él es un profesional (dos años mayor) y yo una paciente con dolor de espalda. En el momento, no le di mayor importancia pero al contar esta anécdota me puse a reflexionar. Algunas mujeres de mi entorno, afirmaron que ellas se hubiesen ido al momento porque les daría vergüenza. Reconozco que fue raro y no supe cómo reaccionar, por eso hicimos que si fuésemos desconocidos.

Alguien que se dedique a la medicina, a especialidades tan controvertidas como la ginecología, habrá escuchado mil veces:

Lo siento, no me he depilado porque no me ha dado tiempo.

Hago estas preguntas, pero tengo pareja estable, no vaya a pensar…

Traigo estas bragas porque vine por prisa.

Me muero de vergüenza, calculé mal y me ha venido la regla.

Y un lago etcétera. Y por otra parte, el personal sanitario no siempre actúa con la ética y profesionalidad que se espera. No es una cuestión personal, es sistemático, porque en su formación académica no se incluyen estas cuestiones menores. Solo hay que pensar en la violencia obstétrica (puedes hacer clic para saber más). Seguimos unos rituales ridículos: la ropa adecuada para ir al médico, jamás te presentarías con un tanga porque no es adecuado; duchas a conciencia antes de ir a una consulta, como ya hacían nuestras abuelas cuando se lavaban por parroquias; modificar la cita con el ginecólogo porque te ha venido la regla…

No somos dueñas de nuestros cuerpos. Tapamos estrías, canas, arrugas… cumpliendo con un rígido canon de belleza occidental, recuerdo perfectamente que en Chile el tinte rubio era más intenso (un siete de allá es un nueve europeo). Una telenovela, dice muchas cosas: ¿Cómo visten, maquillan o peinan a las actrices? La morena, con acento y pura bondad, es la provinciana que sirve en la casona y la rubia oxigenada, preciosa y deseada por todos, es la malvada que quiere quedarse con Víctor Manuel.

La dictadura de la talla 36. Las melenas lisas, se veta el pelo rizado. Cuando nuestras madres nos peinaban, luchaban por controlar las caracolas del pelo. Por supuesto, el afro (Americanah vuelve a mi cabeza) es rechazado y jamás se considera un símbolo de identidad o hermosura. Comunidades como la de Negra Flor, me parecen imprescindibles y es el único blog escrito en español que da voz a las mujeres afro. Gracias Desirée.

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