Primeros días en Rumanía, lo bueno y lo malo de vivir en otro país

Llevo menos de una semana viviendo en Craiova, Rumanía. Me ofrecieron trabajo, todo por casualidad, y acepté. Metí mi vida en 18 kg y emprendí una aventura por Europa del Este.

Mi llegada a Rumanía

Palatul Administrativ din Craiova

Plena Semana Santa. España se prepara para las procesiones, las torrijas y las saetas mientras yo cerraba la maleta. En quince días tuve que solucionar el papeleo, me ofrecieron trabajo de un día para otro. Alguien falló en el último momento, había una vacante en una ONG y necesitaban alguien dispuesta a unirse al equipo. No tenía nada que meditar.

Antes del viaje…

Recuerdo perfectamente que cuando recibí el correo electrónico no era capaz de procesar la información. La coordinadora quería entrevistarme, vio mi CV en un portal y quería conocerme. Un año buscando trabajo estable en España y ningún contrato más allá de un par de meses. Y al final, un país en la otra punta de Europa me da la oportunidad de crecer. Pasé el proceso de selección y me dijeron que pusiese fecha de llegada.

Hablé con un amigo, le expliqué lo que me estaban ofrecieron y que estaba alucinada. La respuesta fue una carcajada y un “pues ya está, así que te vas a Rumanía. Llego a ser yo y ya estoy cerrando la maleta, ¿qué más te tienen que poner en bandeja?” Más razón que un santo. Estaba dando más vueltas que un tiovivo. Toda la vida soñando con la cooperación internacional, años de facultad para acercarme a mi objetivo, y ahora estaba buscando excusas del tipo “seguro que aquí hay trampa y no es todo tan maravilloso”. Tonterías. Tocaba emigrar.

Busqué confirmar mi locura ante la persona que me conoce como si me hubiese parido, nunca mejor dicho. Mamá, me han ofrecido trabajo de lo mío en Rumanía, ¿qué se supone que debo hacer? Ella me miró y en menos de treinta segundos sonrió, en su cabeza todo estaba muy claro: tenía que aceptar, ¿cómo iba a renunciar a una experiencia así? Obvio no quiere a su hija pequeña a miles de kilómetros de casa, pero peor es tenerla en la habitación del final del pasillo con cara de decepción. Odiaba verme en trabajos de baja cualificación. El problema no era trabajar, sino dejarme el lomo en algo que no tenía nada que ver conmigo. Desde niña me han enseñado que no todo es pagar facturas, el tiempo es más valioso así que gástalo en algo que te haga feliz.

Tengo la suerte de contar con dos valiosas aliadas. Me parece increíble que mi abuela de casi ochenta años me pregunte cómo es vivir en Rumanía, que le mande fotos por Whatsapp de la comida rumana o que diga “anda con mil ojos, pero disfruta de esta aventura”. Si he llegado hasta aquí ha sido gracias a mi madre y a mi abuela, además de todas las mujeres que lucharon por la independencia de las chicas de mi generación.

Vuelo con destino a Craiova

Craiova, Rumanía

Jueves de la semana pasada. Ahí estaba yo, en medio de Barajas, esperando mi avión. Completamente dormida y cansada después de ocho horas de autobús desde Santiago de Compostela. Un trayecto sin paradas intermedias y conexiones completamente innecesarias (podrían enviar otra línea sin necesidad de pasar por A Coruña o Lugo para ir a Madrid, sin necesidad de que esa gente quedase sin transporte público). Media España disfrutaba las vacaciones de Semana Santa, no quedaban billetes de avión ni un asiento de tren. Intenté conseguir un blablacar pero los precios me parecían un auténtico timo, no pienso pagar cuarenta euros por compartir un Ibiza. Conduzco un Ford Fiesta, sé lo que consume. Blablacar no va, o no debería, de pagar los viajes de los demás.

Hice tiempo en el aeropuerto, aprovechando los bocadillos de mi abuela. Una gallega jamás mandará a su nieta a la otra punta de Europa sin merienda. Wizz Air permite llevar una mochila en cabina, si se elige la tarifa más barata, y facturar hasta dos maletas de 20 y 10 kg. Para mí 18 kg fueron suficientes. Facturé el equipaje y pasé el control de seguridad.

Diez menos cuarto de la noche, empezamos a entrar en el avión. Mientras espero me empieza a hablar una rumana, casada con un español, y residente en España desde hace 25 años. Le llama la atención mi abrigo, así que me pregunta qué tiempo hace en Craiova. Todavía estaba en Madrid y una rumana fue amable conmigo, le gustó saber que una gallega iba a trabajar en su país y que estaba dispuesta a aprender su idioma, mezclarse con su gente y disfrutar de su país.

De nuevo, la compañía se retrasó. Me pasó lo mismo en verano cuando fui a Bulgaria, mi primera experiencia con Wizz Air y tocó esperar casi tres horas. Estuvimos casi una hora dando vueltas por el aeropuerto. El trayecto fue de 3 horas y 15 minutos. No había vuelta atrás, espetaba en Rumanía y empezaba la aventura.

¿Dónde está mi maleta?

Craiova

Durante el vuelo hubo turbulencias y apenas pude dormir. Estaba cansada pero viajan familias con niños, era imposible mantener el silencio. Imagino que aprovechaban las pequeñas vacaciones para visitar a sus familiares. Bajé del avión sin saber bien qué hacía, solo quería meterme en cama. El aeropuerto de Craiova es muy pequeño. Pasé rápidamente el control de migraciones, el policía examinó mi billete y comprobó mi identidad a conciencia.

La gente esperaba a los recién llegados. Habían quedado en recogerme, aunque fuesen las dos y media de la madrugada, pero no veía a la coordinadora de mi proyecto. Entonces me di cuenta, ¿dónde he dejado la maleta? Estaba tan dormida y cansada que dejé mi maleta dando vueltas en la cinta. Di por hecho que primero se pasaba el control de la policía y después recogías el equipaje. Hablé con la policía en inglés y con cara seria me dijeron que esperase hasta el final y me entregarían la maleta. Su cara parecía decir “pero, ¿cómo puedes ser tan estúpida?¨

No me preguntaron el número ni el color de la maleta. Esperé fuera y mientras apareció la coordinadora de la ONG. No se había acercado porque no me veía con la maleta, entonces pensó que todavía tenía que hablar con la policía. Le expliqué mi despiste y empezó a reír, menuda imagen le estaba dando a mi jefa. Has contratado a alguien en la otra punta de Europa y es incapaz de ocuparse de sus pertenencias. Eso no es empezar con buen pie. Tuvimos que esperar media hora más y apareció mi maleta sin mayor problema.

Mi nueva casa

Edificios de Craiova, Rumanía

Comparto piso con otros chicos de la ONG. Hay tres programas e intentan no repetir nacionalidades, no tiene sentido hacer miles de kilómetros para relacionarte únicamente con españoles o gallegos. En todo momento se han preocupado por nosotros, preguntando el estado de las instalaciones y pidiendo que solicitemos lo que se rompa o digamos si necesitamos algo en especial.

Por fuera los edificios pueden parecer construcciones de cemento, con colores apagados o ventanas dispares, pero por dentro las viviendas no tienen nada que ver. El tema del urbanismo en esta ciudad, al igual que en la capital del país, da exactamente igual. Se busca la operatividad. El portal de mi bloque parece de una fábrica y el ascensor un montacargas, pero lo importante es que sube al quinto andar en menos de diez segundos. Cuando lo vi recordé el departamento de Edimburgo donde vivía mi hermano, a nadie le importa la entrada del piso.

Mi ascensor montacargas
Empezando el trabajo con una compañera de Turquía en mi cocina. Cuando se trabaja, la comida jamás puede estar lejos.

Debo pasar unos días en el salón, tenemos un sofá-cama muy cómodo, hasta que terminen su estancia otros compañeros. Al final todos somos iguales: jóvenes licenciados en ciencias sociales, con idiomas y ganas de crecer como personas. Nadie ha llegado a este programa porque se aburría en su casa. He hecho amigos de Turquía, Italia y Portugal. Ahora lo interesante será acercarme más a Rumanía y su gente.


La peor noticia que te pueden dar cuando vives en el extranjero

Iglesia ortodoxa de Craiova, Rumanía

El primer día en Craiova me llevaron a la oficina, conocí al resto del equipo y me dieron las primeras instrucciones. Tocó asistir a la primera clase de rumano. El idioma es de origen latino, hay palabras similares al italiano o el portugués, pero su pronunciación es completamente diferente. Me pondré a estudiar seriamente, quiero hablar la lengua del país.

Mis compañeros de trabajo me hicieron un pequeño tour por la ciudad, con información sobre el supermercado más barato o el mejor medio de transporte público. Todos fueron amables conmigo y estoy encantada con este ambiente. Terminamos la tarde tomando un café en casa de las chicas turcas, con lectura del futuro en base a la información que dejaron los granos en las tazas. Para ellas era una forma de divertirse aunque en Turquía algunas personas sí creen en estas cosas.

Un magnífico primer día. Nuevos amigos y una ciudad por descubrir. ¿Cómo no voy a estar enamorada de este lugar si mis compañeros me invitan a comer o me regalan galletas caseras para desayunar? Un trabajo que me gusta, hablaré con adolescentes de diferentes centros y nos dedicaremos a actividades no formales. Trabajar de forma activa por la inclusión social y la igualdad de género ha sido mi objetivo desde el día que crucé la puerta de la facultad de Sociología. Sin embargo, no todo podía ser perfecto.

Mis compañeros de Proyecto. Turquía, Italia, Rumanía y una gallega en medio

Recibí un mensaje por whatsapp. Mi madre dijo: “lo siento, pero en algún momento lo vas a tener que saber. Ha muerto el abuelo. Murió de un infarto el día que cogiste el avión”. No estaba enfermo, un hombre de 83 años que jamás pisó una consulta médica ni fue operado de nada. Vivía en la aldea, fue a llevar las vacas a pastar y ya no volvió. La peor noticia que te pueden dar cuando estás viviendo en el extranjero. Poco puedes hacer por la persona que ha fallecido, lo peor es no poder abrazar a tu familia.

No me dijeron nada porque sabían que sería capaz de no subir al avión. Retrasar la partida y quedar con mi familia. Mis padres decidieron dejarme ir contenta, empezar con ilusión y darme la noticia cuando ya no pudiese echarme atrás. Intenté buscar un vuelo para asistir al entierro, imposible al ser Semana Santa. Jamás llegaría a tiempo, así que me quedé en Rumanía mientras mi familia se despedía de Pepe.

Pepe y la emigración

Era un hombre callado, de los que se le ponía cara roja cuando hablaban y únicamente intervenía en la conversación cuando tenía algo que decir. Como otros muchos, tuvo que emigrar. Estudió hasta los dieciséis años, hijo de labregos pero solo tenía una hermana, y después se puso a trabajar. Nunca le hizo ascos al trabajo, hizo de todo. Se casó con treinta años, decía que había tiempo para todo, y emigró para darle un futuro mejor a su familia.

La Francia de las barracas

Estuvo varias temporadas en el sur de Francia, en los Pirineos Franceses. Trabajó como albañil en Saint Lary, construía casas de lujo para turistas mientras vivía en una barraca. Aceptaban esas duras condiciones laborales porque no tenían más remedio, eran gallegos que buscaron los cuartos que no podían conseguir en su tierra. Gente humilde que se ganó con su sudor las cuatro perras que le dieron. No hablaba mucho sobre aquellos días, detestaba escuchar las historias de los emigrantes triunfadores en Francia porque sabía que allí eran tratados como simple mano de obra barata.

En una de sus vueltas a casa hasta la siguiente temporada, trabajó en Francia unos tres años, mi abuela quedó embarazada y nació mi padre. Rozaban ya los cuarenta años. Pepe decidió invertir el dinero de la emigración en cabezas de ganado, arreglar la casa y seguir trabajando por cuenta ajena de lo que fuese. Para él lo más importante era estar cerca de su familia, tenía dos hijos y ya se había perdido muchas cosas del mayor.

Más gallegos en Londres

Cuando mi padre tenía dos años, tocó volver a emigrar. La casa se les caía a pedazos. Vivía el matrimonio, los abuelos paternos, la tía y dos niños pequeños. Por mediación del abuelo y unos conocidos, organizaron la emigración a Reino Unido. Esta vez mi abuela fue con él, sabía que juntos juntarían antes el dinero y Pepe volvería antes a casa. Renunciaron a criar a sus hijos durante cinco años. Mi padre quedó con sus padrinos en un pueblo de la provincia de Pontevedra y mi tío en la aldea con los abuelos. Abrazaban a sus hijos unos días en verano y volvían a Reino Unido. Mi padre era el niño más popular del patio del colegio, jugaba con un perro con pilas que era capaz de caminar, pero tenía unos padres por correspondencia.

Se subieron a un tren en Santiago de Compostela que los llevaría a Irún. Allí debían seguir el viaje en barco hasta Reino Unido. Cuando les preguntaba cuántas horas echaron en aquel vagón, nunca me dieron una respuesta clara. Quizás fuesen días. Lo que sí mencionaron fue una mujer que llevaba sal en la maleta, no sabía si en Reino Unido había y la llevaba por si las moscas. Ahora puede parecer ridículo, pero no puedo imaginarme a mí misma en esa situación. Una gallega sin estudios que se va a otro país sin billete de vuelta. Mi abuela, ya que mi abuelo hablaba muy poco, también mencionó en alguna ocasión que todos tenían caras tristes y ella iba tranquila sabiendo que en algún momento volvería a su tierra. No me sorprende su entereza cuando tengo claro que viene de una mujer que ha superado muchos obstáculos y que a sus 86 años sigue en pie de guerra.

Primero trabajaron para un matrimonio judío en la zona de Southampton. Me da la risa al pensar en qué harían mis abuelos en un hostal regentado por una pareja de esta religión, recuerdan el caos de la cocina donde debían seguir las normas judías. No podían mezclar lácteos con la carne. Consiguieron ese empleo gracias a la mediación de un matrimonio de gallegos cuya amistad se ha mantenido a día de hoy. Mi abuelo siempre ha dicho que los ayudaron aunque el señor era del Deportivo (Pepe era del Celta, la duda ofende).

Pasados unos meses se trasladaron a Londres. Trabajaron en un hotel del centro, por casualidad me hospedé allí la primera vez que fui a la ciudad, muy cerca de Piccadilly Circus. Pepe trabajaba en la cocina fregando los platos y en el bar atendiendo a los clientes. Cuando terminaba sus tareas allí, iba a una cercana academia de inglés a servir los desayunos. Llegó a hacer turnos de 16 horas para conseguir dinero para su familia. Mi abuela era camarera de pisos, jornadas interminables limpiando y acomodando camas. Estaban acostumbrados a los trabajos duros, mi abuela incluso dijo que era más fácil que trabajar en el campo, se esforzaron y aguantaron cinco años. Cuando lograron una cantidad aceptable, volvieron a la aldea.

Arreglaron la casa, compraron más vacas y abrieron una cooperativa, compraron un par de pisos y arreglaron temas de herencias. Cinco años de sacrificio sin ver a su familia para salir a flote. La última vez que vi a mi abuelo me dijo en pocas palabras, fiel a su estilo, que era una lástima que los jóvenes tuviésemos que emigrar pero que nosotros teníamos formación, energía y fuerza para labrarnos un futuro. Ya lo dice el dicho: quen non move o cú, non vai a ningunha parte. Me hizo ver que nunca tenemos que conformarnos, que si no hay oportunidades en nuestra tierra tendremos que ir a donde sea. Sin maquillar nada y siendo sinceros primero con nosotros mismos. Mientras yo empezaba una nueva vida, él nos dejaba. La mejor forma de recordarlo es de esta manera, como un hombre que luchó su independencia y vivir con dignidad en su país.

Abuela rumana tendiendo la ropa en Craiova

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