Tributo a las batas y las abuelas

La bata es un instrumento de trabajo. El uniforme que protege la ropa de diario. Sus bolsillos guardan las llaves de casa, el pañuelo de los mocos y caramelos para los nietos. Pueden ser de estampados, cuadros o colores sobrios. Hoy, en Sen Enderezo, rendimos homenaje a las batas de nuestras abuelas.

Tributo a las batas y las abuelas

¿Por qué es necesaria una oda a la bata?

Tributo a la bata es un proyecto fotográfico de Lucía Herrero. Una llamada de atención sobre las señoras de su casa, siempre ocultas entre muros de hormigón. Con la excusa de unas prácticas del Máster de Fotografía de Moda, la autora se desplazó a la Castilla rural y sacó las batas del armario.

Utilizó sus conocimientos en foto documental y publicidad. Puso el foco sobre la realidad de las mujeres de un pueblo con cinco vecinos y una prenda que jamás cambia, la bata. Pero ¿por qué ese empeño por mostrarlo al mundo?

Lucía Herrero se fue al pueblo para capturar abuelas en bata con su cámara.
  • La bata no es sexy. Tampoco tiene forma. Se trata de una especie de túnica que cubre el cuerpo.
  • Los sinónimos de esta prenda de vestir son: sobretodo, batín, quimono, guardapolvo o albornoz. Todos implican la desaparición de las curvas de la mujer.
  • Una bata sin amplios bolsillos, carece de sentido. Al ser un uniforme de trabajo, tiene que ser práctico. ¿Dónde van a guardar las llaves, la linterna o el teléfono móvil?
  • Cuando estés en un pueblo gallego o de Castilla, ¡fíjate en las propietarias de las batas! Solo las llevan las mujeres.

La generación de nuestras abuelas llegó a este mundo con un destino marcado por otros. Eternas cuidadoras, respetables señoras, máquinas de la limpieza y cariñoras esposas. Para ellas, el ámbito privado y el público eran lo mismo. La vida transcurría en el entorno familiar y los límites de la vivienda.

Señoras de su casa. Siempre con la bata. Fotografía de Lucía Herrero.

Lucía Herrero quiso rescatar un icono. La bata merecía otra definición. Las matriarcas de este pueblo de Palencia, como miembros de una generación en extinción, tenían que salir con luz y poderío. Todo el trabajo de Herrero está marcado por la antropología fantástica, un batiburrillo entre el estudio humano y el mundo de las ideas.

  • La mejor aliada de la autora fue Constancia, de 93 años. Una abuela con más de medio siglo de experiencia escribiendo poesía, pero que jamás publicará un libro. Ella fue la que convenció a sus amigas para participar en el proyecto Tributo a la bata.
  • Durante las sesiones fotográficas, hubo mucha improvisación. Las protagonistas eran las vecinas del pueblo. Si ellas llevan la bata, ¿sería posible encontrar otras representantes de este símbolo? Por lo tanto, las decisiones en cuanto a atuendo y poses dependían de ellas.
  • En el retrato, siempre hay realismo. Si la performance si alargaba más de lo previsto, alguna abuela decía que se tenía que ir. Llegadas las 12:30 tocaba ponerse con las cazuelas y preparar la comida para toda la familia. El code dress, la bata de faena.
  • En palabras Lucía, la teatralidad permitió introducir luz tirando de flash y potenciar el brillo de la cotidianeidad.
  • Contaron anécdotas e historias compartidas. Todas son amigas de la infancia y les gusta juntarse en un banco en la entrada del pueblo. Allí, al atardecer, descansaban después de una larga jornada. Tomar la fresca con tus socias resulta reconfortante.
Tributo a la bata, un proyecto de Lucía Herrero.

Los cuidados son el corazón de la sociedad

Los cuidados están en el centro. Sin cuidados no hay vida. Las abuelas siempre han estado ahí, a una llamada de distancia.

  • Que el niño se te pone malo y falla la niñera, pues llámala a ella.
  • Que es imposible pagar el alquiler, pues llámala a ella.
  • Que no tienes tiempo para cocinar y quieres deliciosos tappers, pues llámala a ella.

En la década de 1960, los españoles fuimos cambiando nuestras costumbres. Abandonamos el campo para meternos en minúsculos pisos de la ciudad. Algunas abuelas siguieron a los hijos, por ejemplo Herminia de Cuéntame cómo pasó, mientras otras quedaron en el pueblo.

Los Santos Inocentes. Una magnífica película sobre la España de los cortijos de 1960.

En caso de hacer la maleta, la bata no solía salir de la aldea. Era una prueba de la vida humilde del campo y un símbolo del trabajo doméstico. Para eso, no había lugar en la capital. En series como Amar en Tiempos Revueltos y Libro de Familia (TVG) se ven las constantes conflictos entre los orígenes rurales y la integración en la ciudad.

Ya en la intro de Libro de Familia queda claro quiénes son las señoras de su casa. Las clases bajas llevan bata y camisas a cuadros. Las familias con dinero visten trajes y moldeados.

Yo, nacida en un pueblo gallego en la década de los 90, crecí rodeadas de señoras en bata. Alicia (1941) y Áurea (1932) son mis abuelas. La primera se fue de la aldea en los 60, una vez casada, y tuvo varios hogares. La segunda solo se mudó dos veces: cuando contrajo matrimonio y cambió su aldea por la del marido y al emigrar a Reino Unido.

Sus personalidades son opuestas. Una es testaruda, miedosa ante la novedad, valiente, progresista, magnífica contadora de historias, cercana y cariñosa. La otra es reservada, con coraje, independiente, un bloque de hielo, de ideas firmes, con iniciativa y enérgica. Sin embargo, tienen algo en común: el uniforme de trabajo. Ninguna ha abandonado las tareas del hogar y el cuidado de los animales.

Ven conmigo y te lo explico bien. Nos vamos al interior de la provincia de Pontevedra. Dos aldeas. Una cerca de una villa y la otra perdida en medio de la montaña.

Alicia (1941)

Alicia ahora vive en el pueblo y va a diario a la aldea. Saca del armario la ropa vieja, se coloca un pañuelo en la cabeza, pone las botas y la bata. Sale del piso para meterse en su coche. Le encanta ir a la casa familiar, ver a los perros, ocuparse de la huerta y charlar con las vecinas. Ya no hay vacas ni animales grandes, solo gallinas y conejos. Este año cumple 80, lleva treinta quejándose de su salud, pero en esos 3 kilómetros de trayecto en coche recupera las ganas de vivir.

Los recuerdos de la infancia y la juventud están en ese lugar.

  • Allí vio cómo sus padres sacaron adelante a los hijos en plena posguerra.
  • Conoció a mi abuelo andaluz cuando llevaba las vacas a pastar.
  • El pan de millo que le decían que era marrón porque llevaba chocolate.
  • La radio de la cocina que no deja de sonar.
  • La artesa, el saladero y las sillas de rezar en la iglesia en medio de nuestros trastos.
  • Un arsenal de batas, abrigos de invierno, katiuskas y gorros para la lluvia gallega.
  • La máquina de coser Singer a pedal.
Abuelas en bata, como Alicia y Áurea, capturadas por Lucía Herrero.

Áurea (1932)

Áurea gobierna una granja. En su casa siempre estuvo rodeada de gente: abuelos, hijos, maridos y cuñada. Ahora solo quedan ella y mi tío. Bueno, me olvidaba de los otros inquilinos, en esa casa hay vacas, cerdos, conejos, pollos, gallos, perros y cuanto bicho te puedas imaginar.

Además de los kilómetros de tierras cultivadas. Cuando era niña, pasar el fin de semana en la aldea significaba libertad para hacer lo que quisieras.

La última vez que fui a visitarla, la pillé en faena. Me recibió con una bata ensangrentada porque estaba descuartizando un cerdo. Después de los saludos pertinentes, siguió trabajando a la vez que hablaba conmigo. Al alabar la energía que conserva con casi 89 años, capaz incluso de pelear con un cerdo si es necesario, echó una carcajada. “Xa descansarei cando morra. Por aghora, o único que sei facer é traballar”.

Ella, siempre tan dura, habla de los cinco años de emigración en Reino Unido como un simple trámite. Si se tenía que ir el abuelo Pepe, no se iba a quedar esperando una década hasta su regreso, mejor se iban los dos y conseguían el dinero más rápido. Dejó a los hijos viviendo con familiares de confianza y se fue a la emigración.

No puedo contener la risa cuando imagino a Áurea hablando gallego en pleno centro de Londres (años 70).

  • Las jornadas del hotel, siempre cubierta y con calefacción central, no le parecían nada extraordinario.
  • Hacer las camas, ayudar en cocina y limpiar cuartos de baño era más llevadero que trabajar en una granja sin festivos.
  • Vestía un uniforme blanco y azul en vez de su bata de cuadros.

Conseguido el capital para reparar la vivienda familiar, comprar un par de pisos en la ciudad y arreglar temas de herencias, volvieron a Galicia. Las amistades de Londres, siempre gallegos y portugueses, duraron toda la vida. De nuevo en la aldea, se dejaron el lomo en una cooperativa leiteira y vendían quesos en el mercado.


Estamos todas bien (2018)

Ana Penyas es diseñadora gráfica y publicó Estamos todas bien (2018), donde recoge las anécdotas de sus abuelas Maruja y Herminia. Hay parte de ficción para enlazar las historias, pero todo se basa en las vivencias de dos mujeres que vivieron la guerra civil siendo unos bebés.

Estamos todas bien (2018) de Ana Penyas.

Estamos todas bien podría ser la frase más repetida por las mujeres de nuestra familia. Al preguntar por cómo se encuentran, suelen responder en plural y sin dar mayores detalles. Esta novela gráfica ha sido premiada en varias ocasiones, así que en este blog feminista queríamos dejarle un pequeño hueco. ¡Olé por todas esas señoras de su casa!


Batas y abuelas. Imposible pasear por el campo sin verlas. Herederas de una tradición rural cuyo único horizonte era el cuidado, el trabajo duro y gratuito. Soñaron con un futuro lleno de oportunidades para sus hijas. Estudios, posibilidad de decidir e independencia económica. No se puede mirar al futuro sin conocer el pasado. Esta es solo una pequeña oda a la bata.

Moda Historias

Aquí hablamos de la historia de la modo desde la perspectiva de género. Visibilizando cómo influyen las prendas de vestir, nuestra piel social, en el día a día. La industria textil está escrita con nombre de mujer y aquí queremos dejar constancia de su huella.

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