Bucarest, capital de Rumanía

El día había llegado, después de consultar desde Italia a ver si era cierto que un vuelo de Bolonia a Bucarest costaba sólo nueve euros. En ese momento no tenía referencias de Rumanía, realmente no sabía nada de este país. Lamentablemente a mi cabeza solo vinieron imágenes de las personas que piden dinero en las calles de Madrid o una historia marcada por la URSS. Tenía mucha curiosidad, llegar allí y que muchos de mis prejuicios (que intento no tener, pero todos tenemos) se esfumasen. Me hacía ilusión patear un lugar que no es turístico, en España nadie se iría a Rumanía de vacaciones a no ser que fuese por cuestiones familiares. En los últimos años en España ha aumentado el número de rumanos, lo cual ha generado que se difundan muchas ideas equivocadas acerca de su país.

Allí estaba yo, ansiosa por entregar mi pasaporte y subirme en ese avión. Me había despedido de mi amigo Gonzalo en Forlí hacía ya algunas horas, mi vuelo era muy temprano y opté por dormir en el aeropuerto. Para mi sorpresa había internet, enchufes y asientos cómodos. Cuando me cansé de ver series, intenté buscar algo de intimidad para dormir y no estar preocupada por mi mochila cada cinco minutos. Lo mejor que se me ocurrió, a la vez que gañán, fue irme al baño y encerrarme. Antes me había asegurado de que estaba todo limpio. Eché una siesta de un par de horas y fui en busca de mi puerta de embarque. Entregué mi pasaporte a un policía, estaba tan cansada y atontada que dije Budapest en lugar de Bucarest. Entonces empezaron las preguntas, en un perfecto italiano, y yo respondí y esquivé todo lo que pude hasta que me entendió. Nada más tener mi pasaporte en la mano, me tropecé y casi me caigo cuando me di la vuelta. Patético.

 

No entiendo la razón por la que cada vez que voy a subir en un avión, noto el nerviosismo de todo el mundo. Las ganas de subir el primero cueste lo que cueste, olvidando por completo toda clase de educación. Es un factor común en todos los vuelos, independientemente del país o la compañía aérea.Simples inconvenientes, no me enfadé o me desesperé.

En un par de horas, llegué a Rumanía, mi primer contacto con Europa del Este. Pasé el control migratorio, previas preguntas porque a la policía le extrañaba que viajase sola y como turista española. No me imaginaba que fuese tan atípico y la pregunta que me repitieron varias veces fue: ¿Pero cuántos años tienes? Emmm, 21 y en julio cumplo 22. Parecía que era de otro planeta, no de otro país.

Al salir del aeropuerto estaba completamente confusa, no había dormido prácticamente nada, la hora había cambiado (una más) y no tenía claro si usaban euros u otra moneda. Saqué el móvil y tuve suerte, había wifi. Le di señales de vida a mi familia y a mi couchsurfing, además de buscar algo tan básico en google como: ¿Qué puñetera moneda utilizan en Rumanía? Efectivamente, fui a sacar dinero con mi maravillosa Tarxeta NX de Abanca (cero comisiones). Sostuve 50 lei (12 euros, más o menos).

Pregunté a un policía de dos metros y rubio dónde podía irme en autobús al centro de la ciudad, me respondió en un inglés básico pero comprensible. La parada que me dijo resultó ser de taxis y no estaba por la labor de pagar una millonada, seguí preguntando hasta que alguien me dio una respuesta satisfactoria. Nadie me aclaraba nada y algunas personas que trabajaban en el aeropuerto fueron bastante desagradables. De casualidad encontré a un español, estaba hablando por teléfono, más bien gritando, utilizando palabras poco adecuadas. Le pregunté y lo único que me dijo fueron pestes de Rumanía, las cuales ignoré y seguí mi camino. Al final di con el autobús, pero no con la taquilla para pagar el billete. Estaba cansada de hacer preguntas, casi una hora de un lado para otro, decidí hacerme la loca si me pedían el boleto. Efectivamente, me pidieron el boleto 15 minutos más tarde. Le expliqué que no tenía la tarjeta porque nadie me había dicho que debía pagar en otro lugar que no fuese el autobús, que estaba completamente confundida. Me habló de una multa, puse cara de cordero (mi plan B era dar mis datos y jamás abonar el importe de esa multa, no tengo nómina). La chica fue una buena persona y me dejó viajar sin boleto, indicándome incluso cuál era mi parada: Plaza Victoria.

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Un hombre muy amable me indicó dónde estaba el metro y me fui a la casa de mi couchsurfing. Fue un poco complicado dar con su casa, con las calles abarrotadas de gente y las carreteras invadidas por coches cuyos conductores no han leído un libro de autoescuela en su vida. Pero lo importante es que su sistema funciona, ningún accidente, aunque para una forastera como yo aquello era una auténtica locura. El telefonillo no funcionaba, o eso pensaba, hasta que diez minutos después se me ocurrió teclear el número de departamento: 88B (No 2B como en España). ¡Bingo!.

Mi couchsurfing me recibió con mucha efusividad y no paraba de hablar, con un inglés bastante bueno pero con una pronunciación extraña para mí. Me dijo que pronto comeríamos, era la una, pero no lo hicimos hasta las seis. A veces es complicado quedar en la casa de alguien a través de couchsurfing y no querer ser desagradable, pero que realmente no quieres estar ahí sino pateando la ciudad. Le repetí varias veces que era tarde y comería por ahí, no tenía que molestarse en invitarme a comer, pero me ignoró y respondía: solo cinco minutos. Vino una amiga suya, por supuesto se fue a comer a su casa viendo el panorama, y después otro amigo a las cuatro de la tarde que sí almorzó con nosotros. Mientras la comida se estaba haciendo, me duché e investigué en internet qué podría visitar.

Mi primer día en Bucarest fue completamente perdido, salí a las siete del departamento y volví a las nueve y media porque ya era de noche. No me llevaba bien con mi couchsurfing, no hacía más que beber alcohol, hablaba muy alto y  para rematar, su forma de pensar no se parecía en absoluto a la mía. No estaba disfrutando mi visita a Bucarest, a veces couchsurfing no sale bien porque simplemente no congenias con esa persona. Y la guinda del pastel fue por la noche, le había dicho que estaba muy cansada y si me podría dejar el sofá para dormir. Al principio me dijo que por supuesto, pero cinco minutos más tarde se le ocurrió que podríamos ver una película. Con educación, le dije que no me apetecía y el empezó a tocarme una pierna. Me separé y seria le dije que no podía más y necesitaba descansar. Me propuso que podía dormir en su cama, sin dejar claro si sería sola o acompañada. Volví a repetir que yo dormiría en el sofá, que era lo que habíamos hablado y que por favor apagase la televisión. De malas maneras y después de un rato de ´´casi discusión´´, me dejó en paz. Algunos no entienden que couchsurfing no es un Badoo y que una mujer sola viajando hace eso, viajar.

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Dormí preocupada, sinceramente me quería ir de allí, pero eran ya las dos de la mañana. Tardé poco en dormirme y lo hice con un ojo medio abierto, por la mañana temprano (7 de la mañana) mi host empezó a hacer muchísimo ruido en la cocina y la música a máximo volumen. Jamás me había pasado algo similar utilizando esta página, yo siempre intento que mis huéspedes se sientas cómodos y tranquilos y a mí me habían dado el mismo trato, hasta ese momento. A las diez me levanté, estaba sola, me duché rápido, recogí mis cosas, escribí una nota y dejé mis llaves al lado. En teoría iba a dormir allí otra noche, pero prefería hacerlo en un hostel. Por la tarde me mandó un whatsapp muy enfadado, simplemente lo ignoré.

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Cargué con la mochila hasta mi hostel, donde me atendió un chico de mi edad y hablé un rato con su abuelo, quien también sabía inglés. Dejé mi mochila en la habitación y me dirigí a conocer por fin la capital de Rumanía. La ciudad era cemento, la mezcla de antiguos edificios soviéticos, iglesias patrimonio de la UNESCO y grandes carteles publicitarios de multinacionales. Pero algunas veces hay que aprender a mirar, empecé a fijarme en la gente que me rodeaba: cómo hablaban, su ropa, la forma en la que trataban a sus hijos… Saqué la cámara e hice algunas fotos por ahí y de pronto sucedió lo que siempre pasa cuando alguien viaja con la intención de ser viajero y no un simple turista.
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Hoy paseando por Bucarest no puede evitar recordar la película: Good bye Lenin. Y sí, sé que estoy en Rumanía y no en la República Democrática Alemana de 1989. Quien no entienda mi comentario, puede fijarse en el anuncio de Coca-Cola. Antiguos edificios soviéticos repletos de anuncios de multinacionales, muy irónico.

Anécdotas del día:

1. Estaba caminando por alguna parte de la ciudad, cerca del río, y saqué la réflex para hacer una foto. Un niño me estaba mirando y me sonrió, yo le respondí con una sonrisa. Me dijo algo en rumano, obvio no entendí nada, y le contesté que solo hablaba inglés. El caso es que terminé hablando con el abuelo de ese niño, siendo el intérprete un chaval de unos 10 años. Era una familia de etnia gitana, en España siempre se piensa que todos los gitanos son rumanos. Más libros por favor, no provienen ni siquiera de esta parte del planeta. 

Eran de otra región del país pero habían llegado a la capital para trabajar y ganar más dinero. Era asombroso que fuese capaz de entender sus anécdotas gracias a gestos, un niño traduciendo al inglés y sonrisas. Cuando expliqué mi sorpresa, diciéndole al abuelo que su nieto hablaba estupendamente una lengua extranjera, vi el orgullo en sus ojos y le dio un abrazo. Habló unos minutos en rumano y entendí algunas palabras sueltas. Después Andrei (el niño) me explicó con una gran sonrisa que su abuelo había dicho algo así como: ´´Sé que mi nieto siendo gitano y rumano no puede aspirar a mucho. Probablemente tenga que emigrar, a España o cualquier país, para hacer los trabajos que nadie quiere. Pero ello no implica que Andrei deba ser un ignorante porque el saber no ocupa lugar, por lo cual debe aprender muchas cosas y conservar al mismo tiempo sus raíces.´´(Fueron 10 minutos de aclaraciones, pero la conclusión es esa). 

Me parece chistoso que nos eduquen para no hablar con extraños, menos si es en otro país. Pero la gracia de viajar es conocer a gente como Andrei y su abuelo. Me emocionó tanto nuestra conversación que me despedí con unos abrazos y le agradecí que hubiesen pasado su tiempo conmigo. No saqué ninguna foto, se me olvidó por completo, pero ese momento me lo guardaré para mí y estoy completamente segura de que borraré de mi memoria sus caras, pero no las palabras de ese abuelo.

2. Después de conocer a esta familia gitana, continué pateando la ciudad y llegué a un puesto de libros usados. Me puse a buscar reliquias y tuve suerte: un libro de Lenin (edición 1947 escrito en rumano). Tras negociar en inglés-rumano, pagué solo un par de euros y me hice con el tesoro.

Un gran día, que empezó de forma muy rara.

Lo mágico de viajar es poder conocer a personas locales, compartir tiempo con ellos y aprender algo nuevo. Los paisajes o los edificios pueden ser hermosos y decirte muchas cosas, por ejemplo dejar constancia de un pedazo de historia, pero esa información queda coja si no se interactúa con autóctonos. Puedes caminar por Bucarest con los cascos puestos, escuchando tus canciones favoritas y ver todo lo superficial: los edificios, el tiempo que hace, el río que atraviesa la ciudad… o quizás estés más interesado en hablar, preguntar o sentarte asombrado en una Iglesia Ortodoxa porque es la primera vez que escuchas una misa en latín, ves a la gente confesándose de rodillas y con un ´´trozo de la sotana´´ del cura, que los creyentes refrieguen sus manos por estatuas de oro… Respeto las creencias de todo el mundo y creo que pertenece al ámbito privado y cada quien debe decidir. Para mí fue una experiencia nueva, repito que jamás había visto algo así porque solo lo había leído en libros o visto en películas. Viajar es aprender y abrir todavía más la mente, ser más tolerante y darte cuenta de que todo es relativo y no hay discursos de mejores o peores; simplemente diferencias. 

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Bucarest tiene una fama que no se corresponde a la realidad, no es una ciudad fea, sólo hay que saber con qué ojos mirar. A mí me gustó, sin importarme el incidente con mi couchsurfing porque diez minutos más tarde ya lo había olvidado. Y para rematar mi día que empezó regular, en mi habitación del hostel no vino nadie nuevo y dormí absolutamente sola.

Al día siguiente, me fui en tren hasta Brasov. No iba a perderme esa ciudad y el supuesto Castillo de Drácula en Bran.

Un país desconocido: Rumanía

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2 thoughts on “Bucarest, capital de Rumanía

    1. Muchas gracias, espero que os haya gustado el país. Lo cierto es que Rumanía, es un destino interesante y que no siempre aparece en las recomendaciones de las guías de los viajes. Un beso y a continuar por ahí un la mochila 🙂

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