¡Mujer tenías que ser! ¡encima con una L!

Hoy no escribiré una historia original, que salga de lo típico y consiga que quedes con la boca abierta. Me gustaría que así fuese, pero me temo que no voy a narrar ninguna novedad. Hace poco que he sacado el carné de conducir y ha sido suficiente para darme cuenta de cómo está el panorama.

En estos escasos tres meses, he visto muchos conductores desesperados que no soportaban ir detrás mía. Comprendo perfectamente que soportar a un principiante, no es agradable. Yo también huyo de los coches de autoescuela. Sin embargo, es automático, cuando alguien ve esa L verde y comprueban que eres una mujer, comienzan las temeridades. Conducir a gran velocidad, con el brazo apoyado en la ventanilla, es una especie de rito de paso. Una marca de hombría, de control o poder sobre los demás mortales. Manual básico del machote.

A través del cristal trasero de mi vehículo, puedo ver las caras que pone la gente. No escucho qué dicen pero imagino sus pensamientos. El colmo fue lo que me sucedió esta semana. Volvía a mi casa sobre las nueve y media de la noche. Un trayecto conocido. No me creo una experta conductora, tuve que hacer muchísimas prácticas y la paciencia no es algo que me caracterice, aunque tampoco considero que sea una inútil al volante. Comprobé que el coche de atrás estaba haciendo cosas raras, frenaba y aceleraba sin sentido. Parecía que quería que fuese más rápido, porque no había un carril para adelantar.

Al volante iba un chico que no pasaba de los 20 años, acompañado de tres amigos de la misma quinta. Ponían caras de burla y me hacían señas. Comprendí su juego: incordiarme era gracioso. En un stop, pudieron ver que era una mujer. Ahí empezó lo peor. Ya no solo me pisaban los talones para que acelerase, sino que ahora cambiaban de carril constantemente entorpeciendo el paso. Quería librarme de ellos, di un par de vueltas innecesarias y efectivamente, me estaban siguiendo. No quería creérmelo.

Cuando me harté, frené un poco y el coche de atrás casi da contra el mío. Sus caras eran un poema, no sé la cantidad de cosas que me llamaron. En la autovía, ya llevaban un buen rato persiguiéndome, aprovecharon para aumentar la velocidad y molestar a otros conductores. Hasta que por fin se desviaron.

Sé que la persona que está leyendo esto, si es mujer, ha vivido exactamente lo mismo. En numerosas ocasiones he escuchado el relato de una mujer que dio más vueltas de las necesarias antes de llegar a su casa, porque un hombre la estaba persiguiendo. No solo ocurre cuando caminamos solas por la calle, y no seamos hipócritas, no importa la hora o el lugar porque el acoso es constante. Otra forma más de sumisión y arrogancia patriarcal.

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